La
vida no vale nada… Ni para mí, ni para todos los que me rodean, en especial
para aquellos marginados, los pobres, los ilusos que viven bajo la sombra de
los puentes, en la orilla del malecón, en el barrio, o sobre la Miguel Alemán
entre putas y porquería.
Una
escalera, seis cuartos, un baño. Mujer, mujer, mujer, travesti. Y, a pesar de
no ser una damita, vaya que tenía trabajo de sobra. Albañiles, carpinteros,
vendedores, obreros… todos se paseaban por aquellos cuartos de mala muerte
buscando las sombras de un espejismo amoroso, convertido a través del tiempo y
el olvido en un ciego deseo carnal con olor a amoníaco, un deseo tan pasajero y
volátil como el viento pero ardiente como un fuego en verano que debe ser
apagado inmediatamente.
Pasaban
los días y las noches, pero no para “la Teresa”, no para Don Fernando
Rodríguez. ¿Acaso tú podrías dormir
sabiendo que te escondes de tus verdades más profundas y que en cualquier
momento te pueden alcanzar y triturar mortalmente hasta desangrarte? Yo no
podría, en realidad él no podía… digo, ella. Tanto le dolía la espera que en su
cabeza escuchaba constantemente un martilleo que nunca paraba.
Tic
toc, sonaba el reloj, y a ese ritmo colocaba una peluca encima del poco cabello
que le quedaba, labial rojo en sus gruesos labios, sombra morada pastel sobre las
pestañas postizas, aretes de plástico en los lóbulos de las orejas, blusa y
falda de segunda mano y unos zapatos de tacón en los que apenas podía hacer
entrar sus enormes pies de hombre. Tic toc, los segundos; tic toc, los minutos;
pero jamás las horas.
La
Teresa le había arrancado a su reloj de bolsillo la manecilla que se encarga de
marcar las horas, así no tendría la tentación de verlo a cada momento y acto
seguido implorarle a los cielos que se acabara el horrible día en el que estaba
atrapada. Corría de un lado a otro en sus recuerdos, veía su pasado mientras
mantenía presente su objetivo final; ese objetivo que se concretó en sus
entrañas al presenciar algo terriblemente placentero: un asesinato.
Un
gay de clóset que quiere ser zapatero, pero termina como verdulero. A todos les
pasa, ¿no? Bueno, supongo que no, pero sí a Fernandito Rodríguez: un niñito con
cara de niñita, que habitaba una casa de la calle Panamá acompañado por sus
cinco hermanos, hermanas, padre y madre; un pequeño que se escondía entre los
árboles del parque Hidalgo para jugar a las muñecas. Su padre, Don Carlos, era
un tipo feo y panzón, grande como un ropero y con un temperamento explosivo.
Sin embargo, era respetado y querido por mucha gente por ser un gran
comerciante del Mercado Aldama, tenía el local más grande y delicioso de fruta
y verdura de todo el lugar. Pero en casa, todos le tenían miedo y agachaban la
cabeza cuando regresaba después de una larga jornada. Por eso Fernandito robaba
por un par de horas las muñecas de su hermana Matilde, las escondía debajo de
su camisa, corría al parque Hidalgo y encontraba un lugar seguro donde su
padre, o nadie más, pudiera verlo.
Le
fascinaba todo de las muñecas: el cabello, las faldas, las blusas, los
vestidos, los zapatos… especialmente los zapatos. Y, en realidad, le pareció
lógico simplemente por el hecho de vivir en una ciudad zapatera. Se imaginaba a
él haciendo zapatos… curtiendo las pieles, dejándose llevar por los olores y
las texturas, las herramientas y, finalmente, con el producto terminado en sus finas
y delicadas manos.
Acabó la secundaria y entonces pensó que
su sueño de ser zapatero se haría realidad. Estaba listo para empezar a
trabajar en alguna fábrica, ascender de puesto, realizar los mejores diseños,
destacar, ganar dinero, huir de casa, tener una pareja sin ser juzgado, decirle
al mundo quién era y qué quería… pero no fue así. En cuanto salió de la
escuela, su padre lo puso a trabajar inmediatamente en el negocio familiar. Era
el verdulero más triste y débil de la ciudad, las clientas lo llamaban “bonito”
y su padre enfurecía, ordenándole que mostrara toda la hombría que existía
dentro de él, sin saber que eso era algo que Fernando no poseía. Pensó en
quitarse la vida, colgarse de un puente o darse un tiro; pero no era capaz de
hacerlo, simplemente no tenía los huevos para deshacerse de él mismo y de sus
injustas desgracias, pero vaya que lo deseaba… Sólo contemplaba con tristeza cómo
se le empezaba a caer el cabello igual que a su padre, y cada vez que se miraba
en el espejo se veía como una pared hueca y despintada.
Así
pasaron los días en el mercado mientras Fernando se hacía cargo del local la
mayoría del tiempo. El joven adulto que no quería estar ahí se partía la
espalda trabajando, mientras que el patrón se iba quién sabe a dónde. Y
entonces, se soltó una lluvia de tragedias que inundó la Miguel Alemán: “Extra,
extra. Matan a travesti sin dejar rastros”. Uno tras otro, semana tras semana, y
las rodillas de la gente del Mercado Aldama temblaban tan sólo de pensar que se
encontraban a unas cuadras de los puteríos donde se estaban cometiendo
semejantes crímenes.
El
mundo seguía girando sobre su propio eje y Fernando, cansado de su existencia,
regresó a casa después de cerrar el local y se fue directamente a dormir. Esa
noche su padre no volvió. Por la mañana, se levantó fatigado y manejó su vieja
pero fiel camioneta hasta el mercado, empezó a vender. Pasa una multitud, varios
segundos, varios minutos… “Extra, extra. Asesinato doble, travestis sorprendidos
mueren con las manos en la masa”, grita el chico del periódico. Ese ya es el
colmo, piensa Fernando, y compra uno. El periódico, tan amarillista como
siempre, muestra la foto del crimen en primera plana como si fuera una gran
sonrisa burlona. En ella salen dos hombres vestidos y pintados de mujer,
tirados boca arriba en una cama sucia y ensangrentada: un travesti sumamente
vulgar junto a Don Carlos, que enseña sin pudor sus peludas piernas debajo de
una falda color rosa mexicano que hacen juego con sus ojos, cerrados para la
eternidad.
