jueves, 11 de febrero de 2016

Travestismo atemporal (parte uno)

Por ALGa

La vida no vale nada… Ni para mí, ni para todos los que me rodean, en especial para aquellos marginados, los pobres, los ilusos que viven bajo la sombra de los puentes, en la orilla del malecón, en el barrio, o sobre la Miguel Alemán entre putas y porquería.
Una escalera, seis cuartos, un baño. Mujer, mujer, mujer, travesti. Y, a pesar de no ser una damita, vaya que tenía trabajo de sobra. Albañiles, carpinteros, vendedores, obreros… todos se paseaban por aquellos cuartos de mala muerte buscando las sombras de un espejismo amoroso, convertido a través del tiempo y el olvido en un ciego deseo carnal con olor a amoníaco, un deseo tan pasajero y volátil como el viento pero ardiente como un fuego en verano que debe ser apagado inmediatamente.
Pasaban los días y las noches, pero no para “la Teresa”, no para Don Fernando Rodríguez.  ¿Acaso tú podrías dormir sabiendo que te escondes de tus verdades más profundas y que en cualquier momento te pueden alcanzar y triturar mortalmente hasta desangrarte? Yo no podría, en realidad él no podía… digo, ella. Tanto le dolía la espera que en su cabeza escuchaba constantemente un martilleo que nunca paraba.
Tic toc, sonaba el reloj, y a ese ritmo colocaba una peluca encima del poco cabello que le quedaba, labial rojo en sus gruesos labios, sombra morada pastel sobre las pestañas postizas, aretes de plástico en los lóbulos de las orejas, blusa y falda de segunda mano y unos zapatos de tacón en los que apenas podía hacer entrar sus enormes pies de hombre. Tic toc, los segundos; tic toc, los minutos; pero jamás las horas.
La Teresa le había arrancado a su reloj de bolsillo la manecilla que se encarga de marcar las horas, así no tendría la tentación de verlo a cada momento y acto seguido implorarle a los cielos que se acabara el horrible día en el que estaba atrapada. Corría de un lado a otro en sus recuerdos, veía su pasado mientras mantenía presente su objetivo final; ese objetivo que se concretó en sus entrañas al presenciar algo terriblemente placentero: un asesinato.
Un gay de clóset que quiere ser zapatero, pero termina como verdulero. A todos les pasa, ¿no? Bueno, supongo que no, pero sí a Fernandito Rodríguez: un niñito con cara de niñita, que habitaba una casa de la calle Panamá acompañado por sus cinco hermanos, hermanas, padre y madre; un pequeño que se escondía entre los árboles del parque Hidalgo para jugar a las muñecas. Su padre, Don Carlos, era un tipo feo y panzón, grande como un ropero y con un temperamento explosivo. Sin embargo, era respetado y querido por mucha gente por ser un gran comerciante del Mercado Aldama, tenía el local más grande y delicioso de fruta y verdura de todo el lugar. Pero en casa, todos le tenían miedo y agachaban la cabeza cuando regresaba después de una larga jornada. Por eso Fernandito robaba por un par de horas las muñecas de su hermana Matilde, las escondía debajo de su camisa, corría al parque Hidalgo y encontraba un lugar seguro donde su padre, o nadie más, pudiera verlo.
Le fascinaba todo de las muñecas: el cabello, las faldas, las blusas, los vestidos, los zapatos… especialmente los zapatos. Y, en realidad, le pareció lógico simplemente por el hecho de vivir en una ciudad zapatera. Se imaginaba a él haciendo zapatos… curtiendo las pieles, dejándose llevar por los olores y las texturas, las herramientas y, finalmente, con el producto terminado en sus finas y delicadas manos.
     Acabó la secundaria y entonces pensó que su sueño de ser zapatero se haría realidad. Estaba listo para empezar a trabajar en alguna fábrica, ascender de puesto, realizar los mejores diseños, destacar, ganar dinero, huir de casa, tener una pareja sin ser juzgado, decirle al mundo quién era y qué quería… pero no fue así. En cuanto salió de la escuela, su padre lo puso a trabajar inmediatamente en el negocio familiar. Era el verdulero más triste y débil de la ciudad, las clientas lo llamaban “bonito” y su padre enfurecía, ordenándole que mostrara toda la hombría que existía dentro de él, sin saber que eso era algo que Fernando no poseía. Pensó en quitarse la vida, colgarse de un puente o darse un tiro; pero no era capaz de hacerlo, simplemente no tenía los huevos para deshacerse de él mismo y de sus injustas desgracias, pero vaya que lo deseaba… Sólo contemplaba con tristeza cómo se le empezaba a caer el cabello igual que a su padre, y cada vez que se miraba en el espejo se veía como una pared hueca y despintada.
Así pasaron los días en el mercado mientras Fernando se hacía cargo del local la mayoría del tiempo. El joven adulto que no quería estar ahí se partía la espalda trabajando, mientras que el patrón se iba quién sabe a dónde. Y entonces, se soltó una lluvia de tragedias que inundó la Miguel Alemán: “Extra, extra. Matan a travesti sin dejar rastros”. Uno tras otro, semana tras semana, y las rodillas de la gente del Mercado Aldama temblaban tan sólo de pensar que se encontraban a unas cuadras de los puteríos donde se estaban cometiendo semejantes crímenes.

El mundo seguía girando sobre su propio eje y Fernando, cansado de su existencia, regresó a casa después de cerrar el local y se fue directamente a dormir. Esa noche su padre no volvió. Por la mañana, se levantó fatigado y manejó su vieja pero fiel camioneta hasta el mercado, empezó a vender. Pasa una multitud, varios segundos, varios minutos… “Extra, extra. Asesinato doble, travestis sorprendidos mueren con las manos en la masa”, grita el chico del periódico. Ese ya es el colmo, piensa Fernando, y compra uno. El periódico, tan amarillista como siempre, muestra la foto del crimen en primera plana como si fuera una gran sonrisa burlona. En ella salen dos hombres vestidos y pintados de mujer, tirados boca arriba en una cama sucia y ensangrentada: un travesti sumamente vulgar junto a Don Carlos, que enseña sin pudor sus peludas piernas debajo de una falda color rosa mexicano que hacen juego con sus ojos, cerrados para la eternidad.

jueves, 18 de junio de 2015

Crónica de San Gerardo (parte dos)

Por Silvio Reyes Heras

En las minas, todos buscan coronar, cuadrar ¿Cómo? El método es lo de menos, montarse es el objetivo.

En la mañana todo parece volverse rutinario. Las 6 de la mañana, chuchaquis, bajan suben, llegan al comedor del las sociedades y compañías, comen, ríen, comentan los percances de la noche, se jactan de lo mucho que bebieron, de los triques que se pegaron y de las mujeres que tuvieron a punto de tirarse. De la puta que sí se la tiraron. Se agrupan alrededor del administrador. Enfilan hacia el interior del frontón. Donde la noche es eterna.

La rutina continúa para quien no ha sufrido un accidente (en la noche) no le han matado, no ha matado, no le han robado, no ha robado… a los que sí, el día  ha dado un giro… pero en un pueblo  minero eso sucede a diario, en el período de una semana, en una sola compañía o sociedad, hay entre cinco o diez accidentes: dedos arrancados, revolcados, espaldas golpeadas (hace dos días atrás, en la sociedad en la que yo trabajo, a un chico se le voló el dedo índice). Pero está el otro lado: apuñalados, disparados, y disparados, y disparados…

En un pueblo pequeño, la muerte es novedad… las noticias viajan de ventana en ventana y se van de largo, dejando mil rastros a su paso… al cabo de media hora, el chisme mató al herido… y el tipo que conversaba con la esposa del tal, ya se la folló.

Se podría decir que todos los pueblos mineros son la misma cosa, que la diferencia en sí misma, depende del observador.

Las primeras minas que conocí fueron Bella Rica. Tenía entre trece y catorce años. Entonces era un joven dios de la delincuencia juvenil. Para ello estaba allí, para hacer judía o vender polvo o simplemente joder en los chongos, barras y discotecas. Mis compañeros eran fieras. Sin embargo, recuerdo ese pueblo oscuro, de una manera casi encantadora, alucinante… un pueblo alocado, en medio de una furia de luces y ruido: de motores, disparos, música. Claro que, ese recuerdo, sin duda alguna, está corrompido, contaminado, por la nostalgia del individuo de 28 años, que desprecia su actual vida y añora sus años de calles. Por decirlo de una forma, estúpida: Noches de luciérnagas amarillas, despanzurradas a tiros.

Por alguna razón, me es más sencillo situarme en mi infancia y años juveniles, que el yo de ahora. Algunas veces, me da por llorar o reír cuando me recuerdo. Recién siento lo que entonces sucedió. Las fiebres de ahora me hacen sentir la fatiga de la vez que tuve fiebre por no sé cuantos días y que una vez que desperté, después de no sé cuantos días de haber dormido, estaba sano, pero despertar de la enfermedad a la soledad, es casi como haberse muerto, el día en que se muere, es la soledad que se debe de sentir… vuelvo a reír las veces que salté de alegría.

En esos años, no veía el mundo desde afuera, lo veía desde adentro; si me veía, no era en mi actuación espontánea, sino en mi sentir del momento. No quería encontrar ni ver nada en el individuo, yo era absolutamente parte de ellos, no tenía ninguna añoranza, ni arrastraba un pasado ni me proyectaba hacia el futuro. Ahora es diferente, yo miro al mundo, yo capturo al mundo. Estoy contaminado con la literatura, con la música. Ahora, con apenas un gesto del individuo, quiero crear un universo literario.

Pero hay momentos que las dos situaciones se funden, se mezclan; me siento sacudido, colocado en el centro del tiempo. Sin embargo, tengo que seguir el ritmo del tiempo… antes no, cuando despertaba a las diez u once de la mañana, no sabía si era sábado o lunes, si junio u agosto, si treinta o diez, y no me importaba, yo era parte de ello, ahora me zambullo, me asfixio. 

En este pueblo las casas son de concreto, madera o mixtas. Techos de hojalata todos. Algunas casas estas arropadas con plásticos negros alrededor, para defenderse de la lluvia transversal en épocas de invierno.

Hay tardes encantadoras. Las lejanas y destellantes piscinas camaroneras de la parte baja, hacen contrates con los mil colores rasgados del cielo. En las noches despejadas se puede ver la pululación de la luces de alguna ciudad de la costa. En las mañanas de verano, las crestas de las montañas sobresaliendo a los bloques espesos de nube, con el sol rociando de amarillo y rojo, parecen islas suspendidas o atrapadas en un filme de tercera dimensión.

Hay un subcentro de salud, una estructura educativa (en las mañanas funciona la escuela y en las tardes el colegio y los fines de semana, el colegio a distancia) una iglesia, un CDP con un par de celdas inutilizadas (pues cualquier detenido, debe ser trasladado inmediatamente a la Ponce o si el detenido tiene un grado de peligrosidad, a Cuenca), una peluquería con un peluquero gay. Y como ya lo he dicho, bares, discoteca, chongo y claro, las incontables compañías y sociedades mineras.

En las compañías o sociedades trabajan la mayor parte de hombres, una parte de las mujeres se dedican a janchar. Janchar: es el acto en que las mujeres recolectan el cuarzo que deja escapar el claceador en la orilla del botadero, las demás mujeres se dedican a la vida doméstica.

Algunos hombres se dedican a sablear. El sablero actúa por la noches, se introduce por un desfonde, es decir por un hoyo en la superficie, ese hoyo conecta al laberinto de túneles que hay en el subsuelo… obviamente, ellos saben, conocen cada desfonde y cada túnel que dirige a cierta mina que ha reventado una buena veta. Ser sablero, también es ser un contorsionista, en la boca de hoyo a simple vista no cabe ni una cabeza, pero ellos se escurren y evaden o atan a los guardias que vigilan el interior. Van armados de combos y cuñas. Pican la veta, un bulto lo llaman, lo que es un medio saco y regresan, corren a las chanchas y luego apurados corren a los bares y se engluten de cerveza.   



jueves, 11 de junio de 2015

Crónica de San Gerardo (parte uno)

Por Silvio Reyes Heras

Pudiendo estar en cualquier parte estoy aquí, en la cocina de mi cuñada, envuelto en una cobija para protegerme del frio, con poca luz.

Llevaba desempleado seis meses; mi hermano me dijo que viniera a trabajar acá (en las minas de San Gerardo) hasta que me saliera algo en Machala.

No era la primera vez que llegaba a un pueblo minero.

Conocía su sordidez.

Para medir el marco de peligrosidad, a un barrio le marcan de amarillo, naranja, rojo… un pueblo minero es más rojo que el mismo rojo. Sangre pura hirviendo en el caldero.

Pueblos infestados de vicios, de chismes, de muerte por accidentes y ajustes de cuenta. Ninguna de las dos muertes están exentas de violencia y horror.

Hombres, niños, niñas y todo ser, viven y actúan locos como un torpedo sin objetivo.

A partir del miércoles, apenas caída la tarde, los salones se iluminan lúgubremente con los focos azules, rojos y verdes. La música revienta los parlantes. En su mayoría bachata, reggaetón y vallenatos. Las chicas se preparan: se retocan las vestimentas, los peinados. Muchachas en su mayoría panzonas y feas. Por eso, el bar que más se llene esta noche, es el bar que ha traído alguna mucha de buena pinta.

Por la calles se ve a los hombres sombríos, cabizbajos, con las manos en los bolsillos, con todo el talante de zombis. Ver a esos tipos tristones y sombríos atravesando las calles, (con las luces distanciadas una de otra) a uno le da rabia; fastidia tanta pasividad y olvido. Se les excusa, y eso es cierto, van cansados del día de trabajo, recién se han duchado (algunos en los baños de sus respectivas compañías y otros en sus casas, algunos a baldazos en el alar y otros en duchas mugrientas… cuartuchos miserables que si levantas los codos, te golpeas). Se detienen en la cancha donde juegan voleyball (boli, le dicen acá), miran, quitan su amargura apostando.

Se han comprado cigarrillos, fuman, otros están con los brazos cruzados sobre el pecho.

Piensan, sueñan, ensueñan… se matan, se mueren…

Los jugadores sudan. El sudor es dudoso ¿sudaran de rabia o del movimiento físico? Se insultan, se gritan. El espectador forastero cree que pronto se pelearán y se prepara, si es ojoseco, para ver de buen ángulo la pelea y si es avispado, para alejarse del embrollo lo más rápido y lejos posible de la hecatombe.

En la cancha, a la madre de los jugadores, le han mentado, tirado, jalado, revolcado por todas las calles del pueblo...

Nadie pelea. No pasa de los insultos.

Con la noche todo termina alrededor de la cancha. Pero en los salones recién empieza la sandunga. Algunos ya han comenzado a calentar, a embrutecerse (entre más calibrados, más alegres se ponen) allí mismo, mientras gustaban del partido.

Discuten las apuestas.

Han descruzado los brazos y ahora caminan alegres… las minas convierte al hombre en noche.

En los bares, el hombre amargado de hace un rato, sonríe con verdadera felicidad. Algunos mueven el esqueleto. Charlan a gritos.

Los vasos se llenan, la panza se infla, las botellas se vacían, en las mesas (o el suelo si el bar está a reventar) se agrupan los envases, la vejiga se libra del líquido, escupitajos… las chicas no se dan abasto; las toman, las detienen, las llaman; algunos se ponen bravos porque la chica no quiere sentarse con ellos. Ostentan, galantean con el dinero: pagan con billetes de 20 o 50 dólares.

La pailada de hoy ha estado rebuena. Pailada: una cantidad de cuarzo, que se extrae de contrabando desde el interior de la mina. Al acto de sacar el cuarzo, envuelto en periódicos y asegurada con cinta aislante (piedras escogidas, chispeadas: donde se ve las chispas de oro o pequeños hilillos), lo llaman, panzacear. Saber panzacear es todo un arte. Un inexperto, no podría hacerlo ni con una pequeña piedra del tamaño de una tajada de limón, pero un experto como ellos, pueden ocultar una cantidad de tres libras, en medio de las piernas y caminar con total tranquilidad. La pailada es llevada a las chanchas (una especie de cilindros que giran. En su interior hay barras de metal solido que vuelven polvo – literalmente – el cuarzo. El oro es recogido con el mercurio, luego quemado y finalmente vendido).

Entre ellos, se miran con la violencia ambigua que les caracteriza. Risas sórdidas.

Los adictos al polvo miran al brujo, se acercan, apretón de manos y una sonrisa. Salen del salón y buscan la oscuridad, destripan el cigarrillo y fuman el bazuco.

En algún momento, la noche se acaba, putean a la madre, al padre y al hijo.

Dura más el día laborable que la noche de joda. Eso les arrecha, les infla y les caga la madre.

De uno en uno se van. Algunos planean irse a algún cuartucho a seguir la joda. Las chicas respiran, permanecen más tiempo sentadas en las mesas, coquetean, analizan su posible cliente, su pato… en toda la noche ya han hurtado… pero quieren coronar, para eso han venido a las minas, a regresar montadas. Hay que desangrar… la miseria del oro.
No todas las chicas son avionas o el diablo termina por dormírseles. Hay quién no está tan borracho como suponen y se pone violento sino le dan su cambio a tiempo, le manda a la verga a la chica “no soy ningún caído de la burra, tonta caradelaverga” o el hombre no está del todo dormido como creen ellas, para no sentir deslizarse imperceptible, la mano dentro del bolsillo y le revienta la cara del chirlazo… pequeños encontrones. Ella pierde. Ella solita. No está allí para robar sino para atender, eso le grita el dueño de la barra. Y no tan conforme de gritarla, le deja sin pago la noche ¿Por qué? Que no fuera idiota, ella ha sido la causante del casi alboroto. Idiota… ella protesta, pero es que no sabe, que aquí un alboroto termina, mínimo con tres heridos.

Pero no hay de qué sentir pena o lastima, aquí, cada quién es un pieza en la máquina que funciona de mala gana. Cada quién hace su trabajo lo mejor que pueden y saben.

En las madrugadas, las calles pétreas quedan vacías, en total silencio, apenas y al final de calle se ve perderse la carreta, con el foquito bamboleante, de la señora que vende chuzos, en las tardes en la cancha y en las noches fuera del bar que más gente reúne.

Yo muchas veces suelo salir a caminar a la madrugada. En la ciudad hacía lo mismo, me internaba en los callejones, en lo nichos, en los lugares donde la noche no tiene fin para ciertos individuos.

A esas horas de la madrugada, uno camina como en una extraña tierra de fantasmas o pueblo exterminado de la noche a la mañana. Claro, no todos pueden sentir la soledad o el desvarío que invade la sangre al caminar a esa hora, en ese frío.

De vez en cuando una moto revienta en la madrugada, esos son otro tiro, esos son hombres noche y de la noche.


martes, 26 de mayo de 2015

(Sobre)transportarse

La Ciudad de México. Esa bella urbe que yo prefiero transitar en la imaginación. O quizá salir por algunas calles cercanas a donde vivo cuando tengo necesidad de comprar una cerveza a mitad de la madrugada. Ahí donde el silencio es bastante más grande que en el día, pero que siempre es interrumpido por alguna sirena lejana, o el ronroneo de gato con enfisema que hacen los camiones al frenar con motor.

Aquí es difícil hablar de un medio eficiente de transporte. En la mayoría de ellos te juegas la cordura o el pellejo; transportase es un deporte extremo. En automóvil el reto consiste en sortear otros automovilistas que siempre tienen más prisa que tú; tener cuidado de camiones y taxistas, y uno que otro conductor que desconoce el uso de intermitentes y direccionales; es jugar a la premonición, o la encomienda al Espíritu Santo --o la deidad en turno--, no nada más por los conductores sino también por los peatones y ciclistas; no nada más por las personas sino también por los errores humanos: sortear baches y rogar porque no se te quede un mofle atorado a medio tope; evitarse las ganas de querer centrar a un peatón y decirse a sí mismo "100 puntos si le doy". De noche hay que aguzar los sentidos, mirar el reflejo en los ojos de un caminante a la distancia, que cruza una avenida mal iluminada. Si llueve: rogar que el charco no tenga hoyo oculto; la calle aceite; y el tránsito no te haga desear un cataclismo. Si hace sol: que todos avancen rápido, que el calor no te cocine en los propios jugos, y el sol no te dore el brazo.

Si eres ciclista: rogar porque alguien tenga un poco de cultura vial. Mantenerte alejado de los camiones de basura que ya mataron a un ciclista, y esperar que respeten las ciclopistas de algunas colonias más "civilizadas"... rogar, también --aquí siempre se ruega--, que un conductor imprudente no abra la puerta de golpe y te estampes. Que cada vez que atraviesas una calle, no haya un "vivo", apurado a dar vuelta mientras vas pasando. Que no te roben la bici. Que no te llueva. Que no te dé un llegue el espejo lateral de un carro. Que no te fallen los pulmones cuando vas detrás de una ciclista con shortcito (o leggins). Que no se te frene el camión o el taxi que tienes delante. Que no haya peatones en la banqueta cuando no te dejan pasar los carros por la calle.

Si vas en patines: que no te dé el infarto: ya sea por corajes o de susto. Que no se atraviese un carro cuando bajas una pendiente. Que no hay cambios en la calidad del asfalto y se te atoren las ruedas y te desmadres. Que la chica de la bice vaya más lento para que puedas seguirla morboseando. Que no haya baches. Que no haya grietas. Que no haya arreglos de calles. Que no haya arreglos de edificios (ni construcciones). Que si hay arreglos de lo que sea, no haya tantas piedras. Que si hay piedras las puedas sortear. Que si no las sorteas no salgas volando tan gacho. Que si sales volando al menos no olvidaras ponerte las protecciones. Que si olvidaste las protecciones puedas levantarte nuevamente después del madrazo. Sortear a los peatones que no miran a ambos lados. Que no abran la puerta de un carro de la nada. Que no salga una moto metiéndose entre carriles (cuando todos los carros están detenidos). Que si sale la moto no te estrelles con un auto. Si te estrellas con el auto, rogar (insisto que se ruega mucho) por que esté detenido y no le abolles nada (Puta moto, ¿qué no sabe leer el código de tránsito que dice que debe mantener su propio carril?). Que no den vuelta mientras atraviesas la calle (no se frena tan rápido en patines... y menos en pendiente). Que la calle no esté irregular. Que no te toque un empedrado. Que te toque asfalto del liso y no del cacarizo.

Si eres peatón: Que se respete el puto paso cebra. Que la banqueta no esté en remodelación para así no tener que caminar pro debajo. Que el automovilista te dé el paso. Que no te falle el cálculo para cruzar donde no hay semáforo. Que el automovilista entienda que no quieres jugar al torero con su carro. Que si tomas camión, esperar que te haga la parada (después hay que ver si te hace la parada donde la pides), jugar a sentirse en la montaña rusa, pero sin cinturón de seguridad, y brincando con los topes (siendo honestos, a mí sí me divierte venir brincando mientras los demás se quejan diciendo "no trae pollos"); o tratando de no salir despedido durante una vuelta cuando va a tope y uno colgado de la puerta. La clásica: esperar que el que se sube no asalte a los pasajeros. Si vas en metro... bueno... aquí lo único importante es que no se quede horas atorado, que en hora pico no te saquen la cartera o el celular; porque lo de los manoseos es lo de menos, después de trabajar en un bar gay, uno se acostumbra a eso.

Aquí es lo que pasa. Uno entre que se acostumbra y se resigna. Es normal el atasque de peatones y transeúntes. Los empujones y los dimes y diretes que hay entre uno y otro que tuvo un mal día. Rogar por no salir en día de marchas o plantones, ponerse los audífonos (si no hay audífonos y se usa el transporte público, quizá no pase mucho en que un vendedor ambulante pase vendiendo unos, y entonces sí: ponerse los audífonos. mirar escotes o faldas, predecir los gritos, las miradas. Observar. Aquí la palabra claves es "paciencia", mirar desde lejos, y si se puede no salir de casa, o encomendarse al santo de confianza, o ser budista y perder expectativas... porque creo que ha de ser medio pendejo creer que podemos transitar como algo menos que animales en una ciudad pequeñita con una población de 20.1 millones de habitantes (en el área metropolitana). Algo así como cinco mil y cacho personas por kilómetro cuadrado, algo así como cinco changos peléandose por metro. Lo bueno es que casi todos viven de día, y sólo algunos pocos lo hacemos de noche..

Marco Juárez

jueves, 21 de mayo de 2015

Nunca muere la luz de la idea (o diatriba contra el Nueve de Octubre)



Por Erick Elizalde

Mi hermano volvió del colegio a contar lo que había pasado. Era un poco pasado el mediodía y yo me acababa de despertar. Un profesor lo había humillado frente a toda la clase. Bryan no es santo de mi devoción, varias veces llamaron a mis padres por sus problemas de conducta y falta de respeto a los profesores. El chico es un cabrón, eso tengo que aceptarlo, pero esta vez les puedo asegurar que la culpa no fue de él. Estaba tan cabreado que sentía que las pelotas se me iban a reventar.
            Bryan va al mismo colegio en el que yo pasé seis terribles años de mi vida, el Nueve de Octubre, con más de cien años en funcionamiento. Un nido de ratas, literal y metafóricamente. Se jactan de ser el mejor colegio de la ciudad, y sin embargo, sus profesores son un montón de incompetentes arrogantes y qué decir de la infraestructura; sus retretes están hasta el tope de mierda, y en sus paredes se ven enormes, venosos e intimidantes falos. En los sitios más alejados —pues es muy grande— el olor a marihuana es insoportable. Seis años. Carajo, no sé cómo pude pasar tanto tiempo en ese lugar.
Para mí, el colegio es un símbolo de lo más sórdido de mi juventud; los fracasos amorosos (Andrea, Johanna, Daniela… si alguna vez llegan a leer esto, quiero que sepan que se pueden ir derechito a hacerse coger por un candirú), la represión de la creatividad, la decepción de mis padres al nunca encontrar un buena nota en las cartillas, los pleitos con los profesores, el bullying —que en ese tiempo le decíamos, simple y llanamente, “dejarse ver las huevas”—, y el acné. Sí, una adolescencia tan buena como el colegio.
Pero volvamos a lo de mi hermano; el asunto es que el profesor malentendió un comentario que hizo, y entonces se puso furioso y empezó  gritarle, frente a toda la clase, cosas como “hijo de puta”, “pendejo”, y otros apelativos nada agradables. Hasta lo obligó a pedirle disculpas. Cuando nos contó esto, yo estaba muy enojado y tenía la intención de hacer un reclamo por escrito, pero mis padres dijeron que eso solo empeoraría las cosas y que era mejor ahorrarse problemas.
Al día siguiente me desperté muy temprano… bueno, en realidad no dormí, ensayando en mi mente una y otra vez lo que le tenía pensado decir a la rectora, porque no soy muy bueno hablando con la gente y la podía haber terminado puteando en su propia oficina. Mi madre, quien ya se olía el asunto, intentó persuadirme para que me quedara en casa, pero le metí el cuento de que iba a resolver unas cosas de trabajo.
Me recibió el lema “Nunca muere la luz de la idea” pintado en la entrada. Apenas puse un pie y sentí nauseas. Se los juro, no estoy bromeando. Casi nada había cambiado, hasta el portero con pinta de mafioso estaba allí, inmutable, al pie de la puerta con su diminuto televisor, viendo el mismo programa de farándula de todos estos años.
— ¿Dónde está la oficina de la rectora? —le pregunté, aun sabiendo, por si la habían cambiado de ubicación.
—Siga al fondo, suba la escalera, al lado de Secretaría.
El mismo lugar.
— ¿Y como para qué quiere hablar con ella? —me preguntó.
Hice como que si no lo había escuchado y seguí mi camino. Sapo hijueputa.
No me encontré con nadie conocido, por fortuna.
            El despacho de la rectora estaba en el segundo piso. Fui y toqué la puerta. Me abrió la versión femenina de Jabba The Hutt. Era la rectora. Me dijo que saque una cita con la secretaria.
            —Pero si ya estoy aquí, licenciada, solo le tomará unos minutos —le dije.
            —Lo siento, mijo, hay que hacer las cosas como se deben.
            Mijo. La gorda ésta me llamó mijo.
            Fui a Secretaría y le dije que quería poner una queja. Me dijo la secretaria que tenía que ir al Departamento de Orientación. La señorita de ese departamento me mandó a redactar la queja. Lo hice lo más rápido que pude, y se la entregué. Me dijo que había que entregarla en Inspección General. Fui a I.G. y me dijeron que tenía que hacerla firmar en Secretaría, pero que antes tenía que dar la aprobación la rectora, y que mejor era que sacara una cita con ella, pero que antes tenía que redactar la queja firmada en Secretaría, y después, sellada allí, en Inspección General.
            Era una espiral de locura y burocracia que se extendía hasta el infinito. Imposible conservar la cordura. Era un hombre común contra más de cien años de ineptitud. Rompí en pedazos la queja escrita sobre el escritorio de la secretaria y entré al despacho de la rectora sin autorización, la secretaria ni se inmutó, siguió en sus tareas —que por lo visto, consistían en jugar, una tras otra, partidas de solitario hasta la muerte—. La señora rectora estaba hablando por teléfono. Me volvió a echar su perorata acerca de que hay que sacar cita, y hacer las cosas según lo establecido y toda esa mierda. Solo que esta vez no le seguí el juego, e insistí en que el asunto era serio. Le expliqué todo y no escatimé en detalles. Lo que me enfermaba era que no dejaba de mirarme con una sonrisilla sardónica que me ponía los nervios de punta. Ya estaba al borde de la neurosis.
Después de terminar de contar, lo que ella llamaba “mi versión de la historia”, mandó a llamar a la encargada de un estúpido departamento, que según por lo que oí, era el encargado de controlar la conducta de los estudiantes o algo así… la cosa es que tenían el historial de todas las faltas cometidas por el alumno. El historial de mi hermano era tan gordo como los tomos recopilados de En busca del tiempo perdido. La rectora leyó, hoja por hoja, y con un mórbido placer, cada falta de mi hermano; desde sus insolencias con los maestros hasta sus escapadas de clases. Creo que ya mencioné que mi hermano no era un alumno ejemplar… bueno, pues ni siquiera es uno regular.
            Le dije, casi temeroso de soltar alguna idiotez, que el historial no tiene nada que ver con lo que había ocurrido. Entonces mandó a llamar a mi hermano. Y luego al profesor.
            Hubo un incómodo silencio mientras lo esperábamos.
            Llegó, y me contuve para no lanzarme sobre él y su ridículo peinado. Bryan me susurró: “oye, ese no es”. El hijo de puta me había dado mal el nombre. Pedí disculpas. Mi hermano dio el nombre correcto y lo llamaron por el altoparlante. Esperamos quince minutos. Nunca llegó. No sé si se las olía o si realmente no estaba allí, pero nunca vi su rostro. A esas alturas quería mandar a la mierda a todos. Al profesor, a la rectora, a mi hermano, al portero, al colegio, a la maldita ciudad…
            —Bueno, bueno, ya hablaré yo con el profesor, usted no se preocupe —me dijo la morsa de la rectora.
            Estaba furioso, también débil, y cansado. Con el último atisbo de energía que me quedaba, y para estar tranquilo conmigo mismo, le grité que quería que fuese la última vez que eso ocurría, caso contrario me vería obligado a quejarme en el Distrito de Educación, y hasta a llevar el caso a los medios.
            Se sorprendió, o fingió sorprenderse para terminar de una vez, y me juró que no sería necesario, que iba a arreglar las cosas.
Claro que no lo iba a hacer, vieja chuchesumadre. Y que se joda mi hermano, pero si esto vuelve a pasar, que se las apañe, que yo no vuelvo a pisar ese colegio de mierda en mi puta vida.
Una vez más, confirmo que el “glorioso”, centenario y apestoso Nueve de Octubre, no es sino un nido de ratas, de burócratas mediocres con pus en el cerebro, de profesores imbéciles, arrogantes y pervertidos que se solapan las porquerías entre ellos (salvo contadas excepciones). No sé cómo pasé seis años en ese colegio de mierda. En serio.
¡"Nunca muere la luz de la idea", mis pelotas!


viernes, 24 de abril de 2015

Conversaciones con el perro de los suburbios


Por Erick Elizalde.           


Desperté pasado el mediodía y tenía tres llamadas perdidas de Jhandry. Quedamos de vernos a las nueve de la mañana, pero como siempre, me quedé dormido. Le devolví la llamada. “Ni siquiera había salido todavía. Te conozco, marica, sé que la puntualidad no es tu virtud.”
            Conocí la obra de Jhandry antes que a él. Su novela llegó a mis manos un día, casualmente. Torpemente escrita pero tan sincera que era hiriente, retrataba con una crudeza sublime los suburbios de Machala, su infancia tormentosa, su paso por las calles —de las que nunca acabó de salir—, un pasado como ladrón y drogadicto. Luego coincidimos en un taller de creación literaria y entablamos amistad.
            Se había mudado a un pueblito minero a trabajar porque estaba casi quebrado. Vino a Machala los días que libraba y me llamó un martes en la noche para vernos al día siguiente, que yo tenía libre.
            Vamos a AKBAR, un bar rockero donde venden una cerveza horrorosa. Conversamos un poco, a gritos. Me cuenta acerca de su nueva novela que va acerca de un travesti, y otras cosas que la música alta no me deja comprender. Decidimos salir de allí y largarnos a otro lugar.
            Qué difícil es encontrar un bar abierto el miércoles por la tarde en esta puta ciudad. Sobre todo uno donde no pongan bachata a decibelios inconcebibles. Llegamos a un lugarcito medio agradable en la zona rosa.
            Jhandry me mira con sus ojos sanguinolentos a través de los lentes mientras me habla de la vida miserable que lleva en el pueblo. Siempre se está quejando, y yo aún no he llegado a comprender si lo hace porque realmente su vida es una mierda, o por el simple vicio de quejarse.
            — ¿Ya leíste el libro de Rojas?
            —Ese tipo es pura lámpara, aún no publica nada, solo quiere llamar la atención.
            —Sí, los escritores y los maricones siempre quieren llamar la atención.
            —Ahora imagínate a esos escritores maricas…
            No se crean, aparte de difamar a otros escritores de la ciudad por sus inclinaciones sexuales, siempre se puede conseguir una buena conversación de Jhandry… solo necesito cerveza y tener pelotas para tirar unos cuántos golpes cuando se pone pesado con la gente que, según él, lo mira mal.
Seis de la tarde. Jhandry se aburre del bar, o de la conversación, o de mí, se levanta sin decir una palabra, paga y se va… Me quedo ahí sentado sin saber si seguirlo o irme a casa. Decido lo primero porque estoy muy aburrido. Lo encuentro tres cuadras más adelante fumando en una esquina. El cigarro está entero, pero me lo pasa, asqueado. Babea todo el cigarrillo cuando fuma, pero yo había dejado mi cajetilla en la otra chaqueta, así que decido fumármelo, no hay de otra.
“¿Te conté que casi me llevan preso ayer? Fue en esta misma esquina; me pasé de alcohol y le grité a Carmen, ella dice que no la golpeé pero comencé a putearla al revés y al derecho, la verdad no me acuerdo de nada. Le lloró a los policías para que no me llevaran”. Me quita el cigarro. Le da una buena calada. Otra vez envuelto en babas, qué puto asco.
Para un taxi. Verán, confío en el tipo, pero cuando está ebrio, hay que tener cuidado, por eso titubeé un poco antes de subirlo. Pero cuando me di cuenta, ya estaba dentro.
“Al Éxtasis”, le dice al taxista. Ahí me arrepentí. Odio los puticlubes. Están siempre en las afueras de la ciudad, por callejuelas deprimentes, húmedas y oscuras, ni la mayor arrechera justifica un viaje al puticlub para mí. Por lo menos eligió el Éxtasis y no la Yoxy, dónde el olor a vagina reseca y usada es más latente que en otros “chongos”. Jhandry se da cuenta de la cara que traigo y dice: “sí, es bueno leer libros, pero mejor es leer al mundo… ¿sabes que decía Miller? Que los bares y las cantinas se leen, ¡así que a ti te toca leer un prostíbulo! ¡Ja!” El humor no es su fuerte.
Entramos, pero antes tenemos que pasar por las manos de un gorila que solo faltó que nos pidiera que nos abramos las nalgas para ver si teníamos un AK-47 en el ano. Recuerdo cuando mis primos me solían traer a estos lugares cada semana, creo que por eso les tomé repulsión; el olor a semen y látex, el ruido que se te mete en la piel, y las malditas lámparas fosforescentes. Bueno, sí, están las chicas, pero cualquiera puede ver mujeres desnudas dónde sea. Por dios, de niño me masturbaba viendo a la bailarina de mármol que tenía mi madre en la salita. Con respecto al sexo, nunca lo tuve en un antro de ésos, no me agradaba la idea. Y no es que esté en contra de la prostitución, no tiene que ver con moral, solo no me gusta el ambiente de esos lugares. Lo que me parece fascinante, debo admitir, es cómo reúne a toda Machala entre sus muros; ves al empresario, al oficinista, al taxista, al pastor evangélico (es cierto, una vez vi uno), al obrero, al delincuente, a la lacra, a la créme de la créme, y por supuesto, a los chulos.
Nos sentamos en una mesita, y nos limitamos a beber a pequeños sorbos la Club verde que te dan en la entrada. Es imposible hablar. Al poco rato un megáfono anuncia a una tal Janeth, que sube al escenario. No hay mucha ciencia en esto; piruetas, fuera ropa, mostrar la concha. Jhandry la mira fijamente, pero no hay rastro de excitación o morbo en su mirada.
Le digo que me tengo que ir porque es tarde, “vamos, niño de mami”, me dice.
Salimos, propongo tomar un taxi, pero no me hace caso. Para colmo, nos alejamos cada vez más. Caminamos por toda la calle, entre las luces de neón de los prostíbulos, los proxenetas (vi una inscripción divertida en un auto: “Vehículo financiado por el amor de una mujer”), los desesperados, los divertidos. Esto es lo que necesitas, me dice Jhandry, leer un poco tu ciudad.
Ya estamos muy alejados de la calle de los puticlubes, muy alejados de toda la maldita civilización. Ese sector es famoso por ser guarida de drogadictos. No hay farolas, ningún tipo de iluminación, solo se puede ver terrenos baldíos, matorrales y algunas casuchas aparentemente abandonadas. Entonces se oye el ruido de una motocicleta por ahí cerca, Jhandry rompe la botella de cerveza que tiene en la mano y se pone en guardia. El hijo de puta me pone muy nervioso. Por suerte, el motorista se aleja sin percatarse de nosotros. Pero luego Jhandry se mete a un terreno cercado, yo lo sigo. Cruzamos el terreno esquivando los charcos, pues son épocas de lluvia. Es una parte de la ciudad que no conozco, el miedo se va, y abre paso a esa excitación que sientes cuando acabas dentro de tu novia en sus días fértiles solo para escupirle el rostro a la suerte. Pasamos junto a una mísera caseta en la que está un guardia de seguridad. Nos apunta con el arma. Jhandry se pone al frente y balbucea algo inteligible. “Borrachos hijueputas, váyanse de aquí”. Le digo que tranquilo, que solo pasábamos, que ya nos íbamos.
No tenemos dinero para el taxi, vamos caminando para mi casa. Al llegar me dice si habría problema en quedarse unos minutos. Le digo que ningún problema, pero luego decide irse por su cuenta. Y camina el perro de los suburbios por la Kléber Franco hacia el centro, balanceando todavía la botella rota.
Un buen tipo el Jhandry.

(Al día siguiente mi madre me comenta que alguien llamó en la madrugada y le dijo “Pásame a ese mamaverga de Erick”. Un buen tipo el Jhandry.)

miércoles, 22 de abril de 2015

El tianguis (o de la monótona comida del gato)

Por Marco Juárez

Venir al tianguis se ha vuelto un acto ritual. Una condena impuesta por mi economía, y quizá una especie de ironía del destino que, más que ironía, parece venganza (de morro siempre odié ir al tianguis con mi abuela y mis tías.

     Pero cada domingo, al rededor de las cuatro, hago un descanso laboral: dejo de recibir a los carros en el semáforo y comienzo a caminar un par de calles para seguir con los castigos impuestos por un Dios vengativo y colérico que disfruta con mi hartazgo: me cagan las aglomeraciones.

     Los pantalones apretados y las donitas bimbo espolvoreadas en los ojos hacen acto de presencia. Es día de compartir con la familia y el caminar kilómetro y medio de pues tos y gente, en su mayiría fea, parece ser una de las formas preferidas por los padres; al fin que el tianguis siempre ofrece lo necesario: voy por un lado escuchando: "a diés (sic), la bolza (sic) con quince nopales, a diés (sic)" y por el otro "pásele pásele: hay de pastor, de longaniza, de bisteck, de alambre, pásele". No falta el "puedes preguntar; sin compromiso, lo que te agrade, te doy precio".

      Entonces es necesario descansar, hacer acopio de fuerzas para seguir hacia el destino y dejarse seducir por el "pásele, joven, son de a diez" para pedir dos de pastor, con pila y papas --¿Se le ofrece algo de tomar-- y un "no gracias", de respuesta.

     Mientras llegan los sagrados alimentos, no sólo a la mesa sino al estómago, me dedico a ver las pequeñas hordas de gente y, por primera vez, uno agradece al calor por los shorts, y las faldas que siempre se ven bien desde lejos. Después agradezco a mi astigmatismo el poder ver esos leggins grises que seguirán pareciendo sabr... mentira; agradezco más a mi miopía que me hace creer haber visto pasar el cuarto amor de mi vida (de esta tarde) por la calle de enfrente, sólo para mostrarse y perderse.

     Un "pásele" remarcado con un falso acento norteño me regresa al puesto de comida, y  "no, gracias, sólo la cuenta", es el preámbulo para ver el reloj: cuatro y media, y me puro a contar mis monedas de a peso, para irme pronto, antes de que me cierren el lugar al que vine.

     Aquí todo se trata de reflejos o paciencia. Yo no tengo la segunda, o al menos no ahorita, me urge llegar al mercado para alcanzar al de las vísceras y comprar el kilo y medio de bofe con el que alimento al gato durante la semana. Cuidado con la gorda, aguas con el lisiado, cuiado con la... (aún no logro identificar si era otra gorda más o una embarazada). Esquiva coatlicues, totonacas y chaneques, pasa los tines de a cinco pesos el par, y al dond e los cocos con su iguana; te fumas el humo del chorizo en los anafres, y sumes la panza para cruzar los puestos que tapan la entrada al mercados.

      Hay muy poca gente y a lo lejos no se ve que haya alguien en las vísceras. Una mierda de suerte si hay que tener que comprarle al gato kilo y medio de croquetas, porque qué weva regresar al día siguiente y alcanzar la vendimia antes del cierre. Sin embargo hay alguien. La sensación de alivio cae directo en el bolsillo de mi nalga derecha. Primero me dice que no hay bofe (la mierda, pienso) y después e cuanta su día completo para decir que siempre sí, que me puede dar el que guardaba pues irá mañana al rastro temprano por más. Lo ignoro con la sutileza de los monosílabos y las interjecciones, y reafirmo mis gestos con una sonrisa. Le pago los quince pesos y me largo. El bofe está congelado y podrá aguantarme la segunda jornada de trabajo; por un momento pienso en lo aburrido y feo que deberá ser para el gato comer todos los días lo mismo, y lo compadezco, pero estoy jodido como para cambiarle la dieta entre delicias gatunas, y sobrecitos de atún gourmet sabor a alimento para gato.

     Falta una última cosa. Además de sortear de nuevo prietos, de nariz aguileña, ojos hundidos y panza salida, y los humos de vuelta, y hasta la iguana, y al quinto amor de mi vida (que creí no volvería a ver). Falta mi medio kilo de queso Oaxaca, para tener algo qué cenar en las noches. Pago, guardo, sorteo, salgo del tianguis. Pienso en que quizá vaya por tacos, pues estoy hasta la madre de cenar quesadillas. Abro mi mochila para sacar mi pelota, cuelgo el morral en un árbol, y comienzo a recibir nuevamente los carros en el semáforo. Sigo trabajando mientras veo a las mismas personas de cada semana, ir con sus hijos en dirección al tianguis que acabo de dejar atrás.