jueves, 11 de junio de 2015

Crónica de San Gerardo (parte uno)

Por Silvio Reyes Heras

Pudiendo estar en cualquier parte estoy aquí, en la cocina de mi cuñada, envuelto en una cobija para protegerme del frio, con poca luz.

Llevaba desempleado seis meses; mi hermano me dijo que viniera a trabajar acá (en las minas de San Gerardo) hasta que me saliera algo en Machala.

No era la primera vez que llegaba a un pueblo minero.

Conocía su sordidez.

Para medir el marco de peligrosidad, a un barrio le marcan de amarillo, naranja, rojo… un pueblo minero es más rojo que el mismo rojo. Sangre pura hirviendo en el caldero.

Pueblos infestados de vicios, de chismes, de muerte por accidentes y ajustes de cuenta. Ninguna de las dos muertes están exentas de violencia y horror.

Hombres, niños, niñas y todo ser, viven y actúan locos como un torpedo sin objetivo.

A partir del miércoles, apenas caída la tarde, los salones se iluminan lúgubremente con los focos azules, rojos y verdes. La música revienta los parlantes. En su mayoría bachata, reggaetón y vallenatos. Las chicas se preparan: se retocan las vestimentas, los peinados. Muchachas en su mayoría panzonas y feas. Por eso, el bar que más se llene esta noche, es el bar que ha traído alguna mucha de buena pinta.

Por la calles se ve a los hombres sombríos, cabizbajos, con las manos en los bolsillos, con todo el talante de zombis. Ver a esos tipos tristones y sombríos atravesando las calles, (con las luces distanciadas una de otra) a uno le da rabia; fastidia tanta pasividad y olvido. Se les excusa, y eso es cierto, van cansados del día de trabajo, recién se han duchado (algunos en los baños de sus respectivas compañías y otros en sus casas, algunos a baldazos en el alar y otros en duchas mugrientas… cuartuchos miserables que si levantas los codos, te golpeas). Se detienen en la cancha donde juegan voleyball (boli, le dicen acá), miran, quitan su amargura apostando.

Se han comprado cigarrillos, fuman, otros están con los brazos cruzados sobre el pecho.

Piensan, sueñan, ensueñan… se matan, se mueren…

Los jugadores sudan. El sudor es dudoso ¿sudaran de rabia o del movimiento físico? Se insultan, se gritan. El espectador forastero cree que pronto se pelearán y se prepara, si es ojoseco, para ver de buen ángulo la pelea y si es avispado, para alejarse del embrollo lo más rápido y lejos posible de la hecatombe.

En la cancha, a la madre de los jugadores, le han mentado, tirado, jalado, revolcado por todas las calles del pueblo...

Nadie pelea. No pasa de los insultos.

Con la noche todo termina alrededor de la cancha. Pero en los salones recién empieza la sandunga. Algunos ya han comenzado a calentar, a embrutecerse (entre más calibrados, más alegres se ponen) allí mismo, mientras gustaban del partido.

Discuten las apuestas.

Han descruzado los brazos y ahora caminan alegres… las minas convierte al hombre en noche.

En los bares, el hombre amargado de hace un rato, sonríe con verdadera felicidad. Algunos mueven el esqueleto. Charlan a gritos.

Los vasos se llenan, la panza se infla, las botellas se vacían, en las mesas (o el suelo si el bar está a reventar) se agrupan los envases, la vejiga se libra del líquido, escupitajos… las chicas no se dan abasto; las toman, las detienen, las llaman; algunos se ponen bravos porque la chica no quiere sentarse con ellos. Ostentan, galantean con el dinero: pagan con billetes de 20 o 50 dólares.

La pailada de hoy ha estado rebuena. Pailada: una cantidad de cuarzo, que se extrae de contrabando desde el interior de la mina. Al acto de sacar el cuarzo, envuelto en periódicos y asegurada con cinta aislante (piedras escogidas, chispeadas: donde se ve las chispas de oro o pequeños hilillos), lo llaman, panzacear. Saber panzacear es todo un arte. Un inexperto, no podría hacerlo ni con una pequeña piedra del tamaño de una tajada de limón, pero un experto como ellos, pueden ocultar una cantidad de tres libras, en medio de las piernas y caminar con total tranquilidad. La pailada es llevada a las chanchas (una especie de cilindros que giran. En su interior hay barras de metal solido que vuelven polvo – literalmente – el cuarzo. El oro es recogido con el mercurio, luego quemado y finalmente vendido).

Entre ellos, se miran con la violencia ambigua que les caracteriza. Risas sórdidas.

Los adictos al polvo miran al brujo, se acercan, apretón de manos y una sonrisa. Salen del salón y buscan la oscuridad, destripan el cigarrillo y fuman el bazuco.

En algún momento, la noche se acaba, putean a la madre, al padre y al hijo.

Dura más el día laborable que la noche de joda. Eso les arrecha, les infla y les caga la madre.

De uno en uno se van. Algunos planean irse a algún cuartucho a seguir la joda. Las chicas respiran, permanecen más tiempo sentadas en las mesas, coquetean, analizan su posible cliente, su pato… en toda la noche ya han hurtado… pero quieren coronar, para eso han venido a las minas, a regresar montadas. Hay que desangrar… la miseria del oro.
No todas las chicas son avionas o el diablo termina por dormírseles. Hay quién no está tan borracho como suponen y se pone violento sino le dan su cambio a tiempo, le manda a la verga a la chica “no soy ningún caído de la burra, tonta caradelaverga” o el hombre no está del todo dormido como creen ellas, para no sentir deslizarse imperceptible, la mano dentro del bolsillo y le revienta la cara del chirlazo… pequeños encontrones. Ella pierde. Ella solita. No está allí para robar sino para atender, eso le grita el dueño de la barra. Y no tan conforme de gritarla, le deja sin pago la noche ¿Por qué? Que no fuera idiota, ella ha sido la causante del casi alboroto. Idiota… ella protesta, pero es que no sabe, que aquí un alboroto termina, mínimo con tres heridos.

Pero no hay de qué sentir pena o lastima, aquí, cada quién es un pieza en la máquina que funciona de mala gana. Cada quién hace su trabajo lo mejor que pueden y saben.

En las madrugadas, las calles pétreas quedan vacías, en total silencio, apenas y al final de calle se ve perderse la carreta, con el foquito bamboleante, de la señora que vende chuzos, en las tardes en la cancha y en las noches fuera del bar que más gente reúne.

Yo muchas veces suelo salir a caminar a la madrugada. En la ciudad hacía lo mismo, me internaba en los callejones, en lo nichos, en los lugares donde la noche no tiene fin para ciertos individuos.

A esas horas de la madrugada, uno camina como en una extraña tierra de fantasmas o pueblo exterminado de la noche a la mañana. Claro, no todos pueden sentir la soledad o el desvarío que invade la sangre al caminar a esa hora, en ese frío.

De vez en cuando una moto revienta en la madrugada, esos son otro tiro, esos son hombres noche y de la noche.


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