miércoles, 22 de abril de 2015

El tianguis (o de la monótona comida del gato)

Por Marco Juárez

Venir al tianguis se ha vuelto un acto ritual. Una condena impuesta por mi economía, y quizá una especie de ironía del destino que, más que ironía, parece venganza (de morro siempre odié ir al tianguis con mi abuela y mis tías.

     Pero cada domingo, al rededor de las cuatro, hago un descanso laboral: dejo de recibir a los carros en el semáforo y comienzo a caminar un par de calles para seguir con los castigos impuestos por un Dios vengativo y colérico que disfruta con mi hartazgo: me cagan las aglomeraciones.

     Los pantalones apretados y las donitas bimbo espolvoreadas en los ojos hacen acto de presencia. Es día de compartir con la familia y el caminar kilómetro y medio de pues tos y gente, en su mayiría fea, parece ser una de las formas preferidas por los padres; al fin que el tianguis siempre ofrece lo necesario: voy por un lado escuchando: "a diés (sic), la bolza (sic) con quince nopales, a diés (sic)" y por el otro "pásele pásele: hay de pastor, de longaniza, de bisteck, de alambre, pásele". No falta el "puedes preguntar; sin compromiso, lo que te agrade, te doy precio".

      Entonces es necesario descansar, hacer acopio de fuerzas para seguir hacia el destino y dejarse seducir por el "pásele, joven, son de a diez" para pedir dos de pastor, con pila y papas --¿Se le ofrece algo de tomar-- y un "no gracias", de respuesta.

     Mientras llegan los sagrados alimentos, no sólo a la mesa sino al estómago, me dedico a ver las pequeñas hordas de gente y, por primera vez, uno agradece al calor por los shorts, y las faldas que siempre se ven bien desde lejos. Después agradezco a mi astigmatismo el poder ver esos leggins grises que seguirán pareciendo sabr... mentira; agradezco más a mi miopía que me hace creer haber visto pasar el cuarto amor de mi vida (de esta tarde) por la calle de enfrente, sólo para mostrarse y perderse.

     Un "pásele" remarcado con un falso acento norteño me regresa al puesto de comida, y  "no, gracias, sólo la cuenta", es el preámbulo para ver el reloj: cuatro y media, y me puro a contar mis monedas de a peso, para irme pronto, antes de que me cierren el lugar al que vine.

     Aquí todo se trata de reflejos o paciencia. Yo no tengo la segunda, o al menos no ahorita, me urge llegar al mercado para alcanzar al de las vísceras y comprar el kilo y medio de bofe con el que alimento al gato durante la semana. Cuidado con la gorda, aguas con el lisiado, cuiado con la... (aún no logro identificar si era otra gorda más o una embarazada). Esquiva coatlicues, totonacas y chaneques, pasa los tines de a cinco pesos el par, y al dond e los cocos con su iguana; te fumas el humo del chorizo en los anafres, y sumes la panza para cruzar los puestos que tapan la entrada al mercados.

      Hay muy poca gente y a lo lejos no se ve que haya alguien en las vísceras. Una mierda de suerte si hay que tener que comprarle al gato kilo y medio de croquetas, porque qué weva regresar al día siguiente y alcanzar la vendimia antes del cierre. Sin embargo hay alguien. La sensación de alivio cae directo en el bolsillo de mi nalga derecha. Primero me dice que no hay bofe (la mierda, pienso) y después e cuanta su día completo para decir que siempre sí, que me puede dar el que guardaba pues irá mañana al rastro temprano por más. Lo ignoro con la sutileza de los monosílabos y las interjecciones, y reafirmo mis gestos con una sonrisa. Le pago los quince pesos y me largo. El bofe está congelado y podrá aguantarme la segunda jornada de trabajo; por un momento pienso en lo aburrido y feo que deberá ser para el gato comer todos los días lo mismo, y lo compadezco, pero estoy jodido como para cambiarle la dieta entre delicias gatunas, y sobrecitos de atún gourmet sabor a alimento para gato.

     Falta una última cosa. Además de sortear de nuevo prietos, de nariz aguileña, ojos hundidos y panza salida, y los humos de vuelta, y hasta la iguana, y al quinto amor de mi vida (que creí no volvería a ver). Falta mi medio kilo de queso Oaxaca, para tener algo qué cenar en las noches. Pago, guardo, sorteo, salgo del tianguis. Pienso en que quizá vaya por tacos, pues estoy hasta la madre de cenar quesadillas. Abro mi mochila para sacar mi pelota, cuelgo el morral en un árbol, y comienzo a recibir nuevamente los carros en el semáforo. Sigo trabajando mientras veo a las mismas personas de cada semana, ir con sus hijos en dirección al tianguis que acabo de dejar atrás.


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