jueves, 21 de mayo de 2015

Nunca muere la luz de la idea (o diatriba contra el Nueve de Octubre)



Por Erick Elizalde

Mi hermano volvió del colegio a contar lo que había pasado. Era un poco pasado el mediodía y yo me acababa de despertar. Un profesor lo había humillado frente a toda la clase. Bryan no es santo de mi devoción, varias veces llamaron a mis padres por sus problemas de conducta y falta de respeto a los profesores. El chico es un cabrón, eso tengo que aceptarlo, pero esta vez les puedo asegurar que la culpa no fue de él. Estaba tan cabreado que sentía que las pelotas se me iban a reventar.
            Bryan va al mismo colegio en el que yo pasé seis terribles años de mi vida, el Nueve de Octubre, con más de cien años en funcionamiento. Un nido de ratas, literal y metafóricamente. Se jactan de ser el mejor colegio de la ciudad, y sin embargo, sus profesores son un montón de incompetentes arrogantes y qué decir de la infraestructura; sus retretes están hasta el tope de mierda, y en sus paredes se ven enormes, venosos e intimidantes falos. En los sitios más alejados —pues es muy grande— el olor a marihuana es insoportable. Seis años. Carajo, no sé cómo pude pasar tanto tiempo en ese lugar.
Para mí, el colegio es un símbolo de lo más sórdido de mi juventud; los fracasos amorosos (Andrea, Johanna, Daniela… si alguna vez llegan a leer esto, quiero que sepan que se pueden ir derechito a hacerse coger por un candirú), la represión de la creatividad, la decepción de mis padres al nunca encontrar un buena nota en las cartillas, los pleitos con los profesores, el bullying —que en ese tiempo le decíamos, simple y llanamente, “dejarse ver las huevas”—, y el acné. Sí, una adolescencia tan buena como el colegio.
Pero volvamos a lo de mi hermano; el asunto es que el profesor malentendió un comentario que hizo, y entonces se puso furioso y empezó  gritarle, frente a toda la clase, cosas como “hijo de puta”, “pendejo”, y otros apelativos nada agradables. Hasta lo obligó a pedirle disculpas. Cuando nos contó esto, yo estaba muy enojado y tenía la intención de hacer un reclamo por escrito, pero mis padres dijeron que eso solo empeoraría las cosas y que era mejor ahorrarse problemas.
Al día siguiente me desperté muy temprano… bueno, en realidad no dormí, ensayando en mi mente una y otra vez lo que le tenía pensado decir a la rectora, porque no soy muy bueno hablando con la gente y la podía haber terminado puteando en su propia oficina. Mi madre, quien ya se olía el asunto, intentó persuadirme para que me quedara en casa, pero le metí el cuento de que iba a resolver unas cosas de trabajo.
Me recibió el lema “Nunca muere la luz de la idea” pintado en la entrada. Apenas puse un pie y sentí nauseas. Se los juro, no estoy bromeando. Casi nada había cambiado, hasta el portero con pinta de mafioso estaba allí, inmutable, al pie de la puerta con su diminuto televisor, viendo el mismo programa de farándula de todos estos años.
— ¿Dónde está la oficina de la rectora? —le pregunté, aun sabiendo, por si la habían cambiado de ubicación.
—Siga al fondo, suba la escalera, al lado de Secretaría.
El mismo lugar.
— ¿Y como para qué quiere hablar con ella? —me preguntó.
Hice como que si no lo había escuchado y seguí mi camino. Sapo hijueputa.
No me encontré con nadie conocido, por fortuna.
            El despacho de la rectora estaba en el segundo piso. Fui y toqué la puerta. Me abrió la versión femenina de Jabba The Hutt. Era la rectora. Me dijo que saque una cita con la secretaria.
            —Pero si ya estoy aquí, licenciada, solo le tomará unos minutos —le dije.
            —Lo siento, mijo, hay que hacer las cosas como se deben.
            Mijo. La gorda ésta me llamó mijo.
            Fui a Secretaría y le dije que quería poner una queja. Me dijo la secretaria que tenía que ir al Departamento de Orientación. La señorita de ese departamento me mandó a redactar la queja. Lo hice lo más rápido que pude, y se la entregué. Me dijo que había que entregarla en Inspección General. Fui a I.G. y me dijeron que tenía que hacerla firmar en Secretaría, pero que antes tenía que dar la aprobación la rectora, y que mejor era que sacara una cita con ella, pero que antes tenía que redactar la queja firmada en Secretaría, y después, sellada allí, en Inspección General.
            Era una espiral de locura y burocracia que se extendía hasta el infinito. Imposible conservar la cordura. Era un hombre común contra más de cien años de ineptitud. Rompí en pedazos la queja escrita sobre el escritorio de la secretaria y entré al despacho de la rectora sin autorización, la secretaria ni se inmutó, siguió en sus tareas —que por lo visto, consistían en jugar, una tras otra, partidas de solitario hasta la muerte—. La señora rectora estaba hablando por teléfono. Me volvió a echar su perorata acerca de que hay que sacar cita, y hacer las cosas según lo establecido y toda esa mierda. Solo que esta vez no le seguí el juego, e insistí en que el asunto era serio. Le expliqué todo y no escatimé en detalles. Lo que me enfermaba era que no dejaba de mirarme con una sonrisilla sardónica que me ponía los nervios de punta. Ya estaba al borde de la neurosis.
Después de terminar de contar, lo que ella llamaba “mi versión de la historia”, mandó a llamar a la encargada de un estúpido departamento, que según por lo que oí, era el encargado de controlar la conducta de los estudiantes o algo así… la cosa es que tenían el historial de todas las faltas cometidas por el alumno. El historial de mi hermano era tan gordo como los tomos recopilados de En busca del tiempo perdido. La rectora leyó, hoja por hoja, y con un mórbido placer, cada falta de mi hermano; desde sus insolencias con los maestros hasta sus escapadas de clases. Creo que ya mencioné que mi hermano no era un alumno ejemplar… bueno, pues ni siquiera es uno regular.
            Le dije, casi temeroso de soltar alguna idiotez, que el historial no tiene nada que ver con lo que había ocurrido. Entonces mandó a llamar a mi hermano. Y luego al profesor.
            Hubo un incómodo silencio mientras lo esperábamos.
            Llegó, y me contuve para no lanzarme sobre él y su ridículo peinado. Bryan me susurró: “oye, ese no es”. El hijo de puta me había dado mal el nombre. Pedí disculpas. Mi hermano dio el nombre correcto y lo llamaron por el altoparlante. Esperamos quince minutos. Nunca llegó. No sé si se las olía o si realmente no estaba allí, pero nunca vi su rostro. A esas alturas quería mandar a la mierda a todos. Al profesor, a la rectora, a mi hermano, al portero, al colegio, a la maldita ciudad…
            —Bueno, bueno, ya hablaré yo con el profesor, usted no se preocupe —me dijo la morsa de la rectora.
            Estaba furioso, también débil, y cansado. Con el último atisbo de energía que me quedaba, y para estar tranquilo conmigo mismo, le grité que quería que fuese la última vez que eso ocurría, caso contrario me vería obligado a quejarme en el Distrito de Educación, y hasta a llevar el caso a los medios.
            Se sorprendió, o fingió sorprenderse para terminar de una vez, y me juró que no sería necesario, que iba a arreglar las cosas.
Claro que no lo iba a hacer, vieja chuchesumadre. Y que se joda mi hermano, pero si esto vuelve a pasar, que se las apañe, que yo no vuelvo a pisar ese colegio de mierda en mi puta vida.
Una vez más, confirmo que el “glorioso”, centenario y apestoso Nueve de Octubre, no es sino un nido de ratas, de burócratas mediocres con pus en el cerebro, de profesores imbéciles, arrogantes y pervertidos que se solapan las porquerías entre ellos (salvo contadas excepciones). No sé cómo pasé seis años en ese colegio de mierda. En serio.
¡"Nunca muere la luz de la idea", mis pelotas!


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