Por Erick Elizalde
Mi
hermano volvió del colegio a contar lo que había pasado. Era un poco pasado el
mediodía y yo me acababa de despertar. Un profesor lo había humillado frente a
toda la clase. Bryan no es santo de mi devoción, varias veces llamaron a mis
padres por sus problemas de conducta y falta de respeto a los profesores. El
chico es un cabrón, eso tengo que aceptarlo, pero esta vez les puedo asegurar
que la culpa no fue de él. Estaba tan cabreado que sentía que las pelotas se me
iban a reventar.
Bryan va al mismo colegio en el que yo pasé seis
terribles años de mi vida, el Nueve de Octubre, con más de cien años en
funcionamiento. Un nido de ratas, literal y metafóricamente. Se jactan de ser
el mejor colegio de la ciudad, y sin embargo, sus profesores son un montón de
incompetentes arrogantes y qué decir de la infraestructura; sus retretes están
hasta el tope de mierda, y en sus paredes se ven enormes, venosos e
intimidantes falos. En los sitios más alejados —pues es muy grande— el olor a marihuana
es insoportable. Seis años. Carajo, no sé cómo pude pasar tanto tiempo en ese
lugar.
Para
mí, el colegio es un símbolo de lo más sórdido de mi juventud; los fracasos
amorosos (Andrea, Johanna, Daniela… si alguna vez llegan a leer esto, quiero que
sepan que se pueden ir derechito a hacerse coger por un candirú), la represión
de la creatividad, la decepción de mis padres al nunca encontrar un buena nota
en las cartillas, los pleitos con los profesores, el bullying —que en ese
tiempo le decíamos, simple y llanamente, “dejarse ver las huevas”—, y el acné.
Sí, una adolescencia tan buena como el colegio.
Pero
volvamos a lo de mi hermano; el asunto es que el profesor malentendió un
comentario que hizo, y entonces se puso furioso y empezó gritarle, frente a toda la clase, cosas como
“hijo de puta”, “pendejo”, y otros apelativos nada agradables. Hasta lo obligó
a pedirle disculpas. Cuando nos contó esto, yo estaba muy enojado y tenía la
intención de hacer un reclamo por escrito, pero mis padres dijeron que eso solo
empeoraría las cosas y que era mejor ahorrarse problemas.
Al
día siguiente me desperté muy temprano… bueno, en realidad no dormí, ensayando
en mi mente una y otra vez lo que le tenía pensado decir a la rectora, porque
no soy muy bueno hablando con la gente y la podía haber terminado puteando en
su propia oficina. Mi madre, quien ya se olía el asunto, intentó persuadirme
para que me quedara en casa, pero le metí el cuento de que iba a resolver unas
cosas de trabajo.
Me
recibió el lema “Nunca muere la luz de la idea” pintado en la entrada. Apenas
puse un pie y sentí nauseas. Se los juro, no estoy bromeando. Casi nada había
cambiado, hasta el portero con pinta de mafioso estaba allí, inmutable, al pie
de la puerta con su diminuto televisor, viendo el mismo programa de farándula
de todos estos años.
—
¿Dónde está la oficina de la rectora? —le pregunté, aun sabiendo, por si la
habían cambiado de ubicación.
—Siga
al fondo, suba la escalera, al lado de Secretaría.
El
mismo lugar.
—
¿Y como para qué quiere hablar con ella? —me preguntó.
Hice
como que si no lo había escuchado y seguí mi camino. Sapo hijueputa.
No
me encontré con nadie conocido, por fortuna.
El despacho de la rectora estaba en el segundo piso. Fui
y toqué la puerta. Me abrió la versión femenina de Jabba The Hutt. Era la
rectora. Me dijo que saque una cita con la secretaria.
—Pero si ya estoy aquí, licenciada, solo le tomará unos
minutos —le dije.
—Lo siento, mijo, hay que hacer las cosas como se deben.
Mijo. La gorda ésta me llamó mijo.
Fui a Secretaría y le dije que quería poner una queja. Me
dijo la secretaria que tenía que ir al Departamento de Orientación. La señorita
de ese departamento me mandó a redactar la queja. Lo hice lo más rápido que
pude, y se la entregué. Me dijo que había que entregarla en Inspección General.
Fui a I.G. y me dijeron que tenía que hacerla firmar en Secretaría, pero que
antes tenía que dar la aprobación la rectora, y que mejor era que sacara una
cita con ella, pero que antes tenía que redactar la queja firmada en
Secretaría, y después, sellada allí, en Inspección General.
Era una espiral de locura y burocracia que se extendía
hasta el infinito. Imposible conservar la cordura. Era un hombre común contra
más de cien años de ineptitud. Rompí en pedazos la queja escrita sobre el
escritorio de la secretaria y entré al despacho de la rectora sin autorización,
la secretaria ni se inmutó, siguió en sus tareas —que por lo visto, consistían
en jugar, una tras otra, partidas de solitario hasta la muerte—. La señora
rectora estaba hablando por teléfono. Me volvió a echar su perorata acerca de
que hay que sacar cita, y hacer las cosas según lo establecido y toda esa
mierda. Solo que esta vez no le seguí el juego, e insistí en que el asunto era serio.
Le expliqué todo y no escatimé en detalles. Lo que me enfermaba era que no
dejaba de mirarme con una sonrisilla sardónica que me ponía los nervios de
punta. Ya estaba al borde de la neurosis.
Después de terminar de
contar, lo que ella llamaba “mi versión de la historia”, mandó a llamar a la
encargada de un estúpido departamento, que según por lo que oí, era el
encargado de controlar la conducta de los estudiantes o algo así… la cosa es
que tenían el historial de todas las faltas cometidas por el alumno. El
historial de mi hermano era tan gordo como los tomos recopilados de En busca
del tiempo perdido. La rectora leyó, hoja por hoja, y con un mórbido placer,
cada falta de mi hermano; desde sus insolencias con los maestros hasta sus
escapadas de clases. Creo que ya mencioné que mi hermano no era un alumno
ejemplar… bueno, pues ni siquiera es uno regular.
Le dije, casi temeroso de soltar alguna idiotez, que el
historial no tiene nada que ver con lo que había ocurrido. Entonces mandó a
llamar a mi hermano. Y luego al profesor.
Hubo un incómodo silencio mientras lo esperábamos.
Llegó, y me contuve para no lanzarme sobre él y su
ridículo peinado. Bryan me susurró: “oye, ese no es”. El hijo de puta me había
dado mal el nombre. Pedí disculpas. Mi hermano dio el nombre correcto y lo
llamaron por el altoparlante. Esperamos quince minutos. Nunca llegó. No sé si
se las olía o si realmente no estaba allí, pero nunca vi su rostro. A esas
alturas quería mandar a la mierda a todos. Al profesor, a la rectora, a mi hermano,
al portero, al colegio, a la maldita ciudad…
—Bueno, bueno, ya hablaré yo con el profesor, usted no se
preocupe —me dijo la morsa de la rectora.
Estaba furioso, también débil, y cansado. Con el último
atisbo de energía que me quedaba, y para estar tranquilo conmigo mismo, le
grité que quería que fuese la última vez que eso ocurría, caso contrario me
vería obligado a quejarme en el Distrito de Educación, y hasta a llevar el caso
a los medios.
Se sorprendió, o fingió sorprenderse para terminar de una
vez, y me juró que no sería necesario, que iba a arreglar las cosas.
Claro
que no lo iba a hacer, vieja chuchesumadre. Y que se joda mi hermano, pero si
esto vuelve a pasar, que se las apañe, que yo no vuelvo a pisar ese colegio de
mierda en mi puta vida.
Una
vez más, confirmo que el “glorioso”, centenario y apestoso Nueve de Octubre, no
es sino un nido de ratas, de burócratas mediocres con pus en el cerebro, de
profesores imbéciles, arrogantes y pervertidos que se solapan las porquerías
entre ellos (salvo contadas excepciones). No sé cómo pasé seis años en ese
colegio de mierda. En serio.
¡"Nunca
muere la luz de la idea", mis pelotas!
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