Por Erick Elizalde.
Desperté pasado el mediodía y tenía tres llamadas
perdidas de Jhandry. Quedamos de vernos a las nueve de la mañana, pero como
siempre, me quedé dormido. Le devolví la llamada. “Ni siquiera había salido
todavía. Te conozco, marica, sé que la puntualidad no es tu virtud.”
Conocí la obra de Jhandry antes que a él. Su novela llegó
a mis manos un día, casualmente. Torpemente escrita pero tan sincera que era
hiriente, retrataba con una crudeza sublime los suburbios de Machala, su
infancia tormentosa, su paso por las calles —de las que nunca acabó de salir—,
un pasado como ladrón y drogadicto. Luego coincidimos en un taller de creación
literaria y entablamos amistad.
Se había mudado a un pueblito minero a trabajar porque
estaba casi quebrado. Vino a Machala los días que libraba y me llamó un martes
en la noche para vernos al día siguiente, que yo tenía libre.
Vamos a AKBAR, un bar rockero donde venden una cerveza
horrorosa. Conversamos un poco, a gritos. Me cuenta acerca de su nueva novela que
va acerca de un travesti, y otras cosas que la música alta no me deja
comprender. Decidimos salir de allí y largarnos a otro lugar.
Qué difícil es encontrar un bar abierto el miércoles por
la tarde en esta puta ciudad. Sobre todo uno donde no pongan bachata a
decibelios inconcebibles. Llegamos a un lugarcito medio agradable en la zona
rosa.
Jhandry me mira con sus ojos sanguinolentos a través de
los lentes mientras me habla de la vida miserable que lleva en el pueblo. Siempre
se está quejando, y yo aún no he llegado a comprender si lo hace porque
realmente su vida es una mierda, o por el simple vicio de quejarse.
— ¿Ya leíste el libro de Rojas?
—Ese tipo es pura lámpara, aún no publica nada, solo
quiere llamar la atención.
—Sí, los escritores y los maricones siempre quieren
llamar la atención.
—Ahora imagínate a esos escritores maricas…
No se crean, aparte de difamar a otros escritores de la
ciudad por sus inclinaciones sexuales, siempre se puede conseguir una buena conversación
de Jhandry… solo necesito cerveza y tener pelotas para tirar unos cuántos
golpes cuando se pone pesado con la gente que, según él, lo mira mal.
Seis
de la tarde. Jhandry se aburre del bar, o de la conversación, o de mí, se
levanta sin decir una palabra, paga y se va… Me quedo ahí sentado sin saber si
seguirlo o irme a casa. Decido lo primero porque estoy muy aburrido. Lo
encuentro tres cuadras más adelante fumando en una esquina. El cigarro está
entero, pero me lo pasa, asqueado. Babea todo el cigarrillo cuando fuma, pero
yo había dejado mi cajetilla en la otra chaqueta, así que decido fumármelo, no
hay de otra.
“¿Te
conté que casi me llevan preso ayer? Fue en esta misma esquina; me pasé de
alcohol y le grité a Carmen, ella dice que no la golpeé pero comencé a putearla
al revés y al derecho, la verdad no me acuerdo de nada. Le lloró a los policías
para que no me llevaran”. Me quita el cigarro. Le da una buena calada. Otra vez
envuelto en babas, qué puto asco.
Para
un taxi. Verán, confío en el tipo, pero cuando está ebrio, hay que tener
cuidado, por eso titubeé un poco antes de subirlo. Pero cuando me di cuenta, ya
estaba dentro.
“Al
Éxtasis”, le dice al taxista. Ahí me arrepentí. Odio los puticlubes. Están
siempre en las afueras de la ciudad, por callejuelas deprimentes, húmedas y
oscuras, ni la mayor arrechera justifica un viaje al puticlub para mí. Por lo
menos eligió el Éxtasis y no la Yoxy, dónde el olor a vagina reseca y usada es
más latente que en otros “chongos”. Jhandry se da cuenta de la cara que traigo y
dice: “sí, es bueno leer libros, pero mejor es leer al mundo… ¿sabes que decía
Miller? Que los bares y las cantinas se leen, ¡así que a ti te toca leer un prostíbulo!
¡Ja!” El humor no es su fuerte.
Entramos,
pero antes tenemos que pasar por las manos de un gorila que solo faltó que nos
pidiera que nos abramos las nalgas para ver si teníamos un AK-47 en el ano.
Recuerdo cuando mis primos me solían traer a estos lugares cada semana, creo
que por eso les tomé repulsión; el olor a semen y látex, el ruido que se te
mete en la piel, y las malditas lámparas fosforescentes. Bueno, sí, están las
chicas, pero cualquiera puede ver mujeres desnudas dónde sea. Por dios, de niño
me masturbaba viendo a la bailarina de mármol que tenía mi madre en la salita. Con
respecto al sexo, nunca lo tuve en un antro de ésos, no me agradaba la idea. Y
no es que esté en contra de la prostitución, no tiene que ver con moral, solo
no me gusta el ambiente de esos lugares. Lo que me parece fascinante, debo admitir,
es cómo reúne a toda Machala entre sus muros; ves al empresario, al oficinista,
al taxista, al pastor evangélico (es cierto, una vez vi uno), al obrero, al
delincuente, a la lacra, a la créme de la créme, y por supuesto, a los chulos.
Nos
sentamos en una mesita, y nos limitamos a beber a pequeños sorbos la Club verde
que te dan en la entrada. Es imposible hablar. Al poco rato un megáfono anuncia
a una tal Janeth, que sube al escenario. No hay mucha ciencia en esto;
piruetas, fuera ropa, mostrar la concha. Jhandry la mira fijamente, pero no hay
rastro de excitación o morbo en su mirada.
Le
digo que me tengo que ir porque es tarde, “vamos, niño de mami”, me dice.
Salimos,
propongo tomar un taxi, pero no me hace caso. Para colmo, nos alejamos cada vez
más. Caminamos por toda la calle, entre las luces de neón de los prostíbulos, los
proxenetas (vi una inscripción divertida en un auto: “Vehículo financiado por
el amor de una mujer”), los desesperados, los divertidos. Esto es lo que
necesitas, me dice Jhandry, leer un poco tu ciudad.
Ya
estamos muy alejados de la calle de los puticlubes, muy alejados de toda la
maldita civilización. Ese sector es famoso por ser guarida de drogadictos. No
hay farolas, ningún tipo de iluminación, solo se puede ver terrenos baldíos,
matorrales y algunas casuchas aparentemente abandonadas. Entonces se oye el
ruido de una motocicleta por ahí cerca, Jhandry rompe la botella de cerveza que
tiene en la mano y se pone en guardia. El hijo de puta me pone muy nervioso. Por
suerte, el motorista se aleja sin percatarse de nosotros. Pero luego Jhandry se
mete a un terreno cercado, yo lo sigo. Cruzamos el terreno esquivando los
charcos, pues son épocas de lluvia. Es una parte de la ciudad que no conozco,
el miedo se va, y abre paso a esa excitación que sientes cuando acabas dentro
de tu novia en sus días fértiles solo para escupirle el rostro a la suerte. Pasamos
junto a una mísera caseta en la que está un guardia de seguridad. Nos apunta
con el arma. Jhandry se pone al frente y balbucea algo inteligible. “Borrachos
hijueputas, váyanse de aquí”. Le digo que tranquilo, que solo pasábamos, que ya
nos íbamos.
No
tenemos dinero para el taxi, vamos caminando para mi casa. Al llegar me dice si
habría problema en quedarse unos minutos. Le digo que ningún problema, pero
luego decide irse por su cuenta. Y camina el perro de los suburbios por la
Kléber Franco hacia el centro, balanceando todavía la botella rota.
Un
buen tipo el Jhandry.
(Al
día siguiente mi madre me comenta que alguien llamó en la madrugada y le dijo
“Pásame a ese mamaverga de Erick”. Un buen tipo el Jhandry.)
