viernes, 24 de abril de 2015

Conversaciones con el perro de los suburbios


Por Erick Elizalde.           


Desperté pasado el mediodía y tenía tres llamadas perdidas de Jhandry. Quedamos de vernos a las nueve de la mañana, pero como siempre, me quedé dormido. Le devolví la llamada. “Ni siquiera había salido todavía. Te conozco, marica, sé que la puntualidad no es tu virtud.”
            Conocí la obra de Jhandry antes que a él. Su novela llegó a mis manos un día, casualmente. Torpemente escrita pero tan sincera que era hiriente, retrataba con una crudeza sublime los suburbios de Machala, su infancia tormentosa, su paso por las calles —de las que nunca acabó de salir—, un pasado como ladrón y drogadicto. Luego coincidimos en un taller de creación literaria y entablamos amistad.
            Se había mudado a un pueblito minero a trabajar porque estaba casi quebrado. Vino a Machala los días que libraba y me llamó un martes en la noche para vernos al día siguiente, que yo tenía libre.
            Vamos a AKBAR, un bar rockero donde venden una cerveza horrorosa. Conversamos un poco, a gritos. Me cuenta acerca de su nueva novela que va acerca de un travesti, y otras cosas que la música alta no me deja comprender. Decidimos salir de allí y largarnos a otro lugar.
            Qué difícil es encontrar un bar abierto el miércoles por la tarde en esta puta ciudad. Sobre todo uno donde no pongan bachata a decibelios inconcebibles. Llegamos a un lugarcito medio agradable en la zona rosa.
            Jhandry me mira con sus ojos sanguinolentos a través de los lentes mientras me habla de la vida miserable que lleva en el pueblo. Siempre se está quejando, y yo aún no he llegado a comprender si lo hace porque realmente su vida es una mierda, o por el simple vicio de quejarse.
            — ¿Ya leíste el libro de Rojas?
            —Ese tipo es pura lámpara, aún no publica nada, solo quiere llamar la atención.
            —Sí, los escritores y los maricones siempre quieren llamar la atención.
            —Ahora imagínate a esos escritores maricas…
            No se crean, aparte de difamar a otros escritores de la ciudad por sus inclinaciones sexuales, siempre se puede conseguir una buena conversación de Jhandry… solo necesito cerveza y tener pelotas para tirar unos cuántos golpes cuando se pone pesado con la gente que, según él, lo mira mal.
Seis de la tarde. Jhandry se aburre del bar, o de la conversación, o de mí, se levanta sin decir una palabra, paga y se va… Me quedo ahí sentado sin saber si seguirlo o irme a casa. Decido lo primero porque estoy muy aburrido. Lo encuentro tres cuadras más adelante fumando en una esquina. El cigarro está entero, pero me lo pasa, asqueado. Babea todo el cigarrillo cuando fuma, pero yo había dejado mi cajetilla en la otra chaqueta, así que decido fumármelo, no hay de otra.
“¿Te conté que casi me llevan preso ayer? Fue en esta misma esquina; me pasé de alcohol y le grité a Carmen, ella dice que no la golpeé pero comencé a putearla al revés y al derecho, la verdad no me acuerdo de nada. Le lloró a los policías para que no me llevaran”. Me quita el cigarro. Le da una buena calada. Otra vez envuelto en babas, qué puto asco.
Para un taxi. Verán, confío en el tipo, pero cuando está ebrio, hay que tener cuidado, por eso titubeé un poco antes de subirlo. Pero cuando me di cuenta, ya estaba dentro.
“Al Éxtasis”, le dice al taxista. Ahí me arrepentí. Odio los puticlubes. Están siempre en las afueras de la ciudad, por callejuelas deprimentes, húmedas y oscuras, ni la mayor arrechera justifica un viaje al puticlub para mí. Por lo menos eligió el Éxtasis y no la Yoxy, dónde el olor a vagina reseca y usada es más latente que en otros “chongos”. Jhandry se da cuenta de la cara que traigo y dice: “sí, es bueno leer libros, pero mejor es leer al mundo… ¿sabes que decía Miller? Que los bares y las cantinas se leen, ¡así que a ti te toca leer un prostíbulo! ¡Ja!” El humor no es su fuerte.
Entramos, pero antes tenemos que pasar por las manos de un gorila que solo faltó que nos pidiera que nos abramos las nalgas para ver si teníamos un AK-47 en el ano. Recuerdo cuando mis primos me solían traer a estos lugares cada semana, creo que por eso les tomé repulsión; el olor a semen y látex, el ruido que se te mete en la piel, y las malditas lámparas fosforescentes. Bueno, sí, están las chicas, pero cualquiera puede ver mujeres desnudas dónde sea. Por dios, de niño me masturbaba viendo a la bailarina de mármol que tenía mi madre en la salita. Con respecto al sexo, nunca lo tuve en un antro de ésos, no me agradaba la idea. Y no es que esté en contra de la prostitución, no tiene que ver con moral, solo no me gusta el ambiente de esos lugares. Lo que me parece fascinante, debo admitir, es cómo reúne a toda Machala entre sus muros; ves al empresario, al oficinista, al taxista, al pastor evangélico (es cierto, una vez vi uno), al obrero, al delincuente, a la lacra, a la créme de la créme, y por supuesto, a los chulos.
Nos sentamos en una mesita, y nos limitamos a beber a pequeños sorbos la Club verde que te dan en la entrada. Es imposible hablar. Al poco rato un megáfono anuncia a una tal Janeth, que sube al escenario. No hay mucha ciencia en esto; piruetas, fuera ropa, mostrar la concha. Jhandry la mira fijamente, pero no hay rastro de excitación o morbo en su mirada.
Le digo que me tengo que ir porque es tarde, “vamos, niño de mami”, me dice.
Salimos, propongo tomar un taxi, pero no me hace caso. Para colmo, nos alejamos cada vez más. Caminamos por toda la calle, entre las luces de neón de los prostíbulos, los proxenetas (vi una inscripción divertida en un auto: “Vehículo financiado por el amor de una mujer”), los desesperados, los divertidos. Esto es lo que necesitas, me dice Jhandry, leer un poco tu ciudad.
Ya estamos muy alejados de la calle de los puticlubes, muy alejados de toda la maldita civilización. Ese sector es famoso por ser guarida de drogadictos. No hay farolas, ningún tipo de iluminación, solo se puede ver terrenos baldíos, matorrales y algunas casuchas aparentemente abandonadas. Entonces se oye el ruido de una motocicleta por ahí cerca, Jhandry rompe la botella de cerveza que tiene en la mano y se pone en guardia. El hijo de puta me pone muy nervioso. Por suerte, el motorista se aleja sin percatarse de nosotros. Pero luego Jhandry se mete a un terreno cercado, yo lo sigo. Cruzamos el terreno esquivando los charcos, pues son épocas de lluvia. Es una parte de la ciudad que no conozco, el miedo se va, y abre paso a esa excitación que sientes cuando acabas dentro de tu novia en sus días fértiles solo para escupirle el rostro a la suerte. Pasamos junto a una mísera caseta en la que está un guardia de seguridad. Nos apunta con el arma. Jhandry se pone al frente y balbucea algo inteligible. “Borrachos hijueputas, váyanse de aquí”. Le digo que tranquilo, que solo pasábamos, que ya nos íbamos.
No tenemos dinero para el taxi, vamos caminando para mi casa. Al llegar me dice si habría problema en quedarse unos minutos. Le digo que ningún problema, pero luego decide irse por su cuenta. Y camina el perro de los suburbios por la Kléber Franco hacia el centro, balanceando todavía la botella rota.
Un buen tipo el Jhandry.

(Al día siguiente mi madre me comenta que alguien llamó en la madrugada y le dijo “Pásame a ese mamaverga de Erick”. Un buen tipo el Jhandry.)

miércoles, 22 de abril de 2015

El tianguis (o de la monótona comida del gato)

Por Marco Juárez

Venir al tianguis se ha vuelto un acto ritual. Una condena impuesta por mi economía, y quizá una especie de ironía del destino que, más que ironía, parece venganza (de morro siempre odié ir al tianguis con mi abuela y mis tías.

     Pero cada domingo, al rededor de las cuatro, hago un descanso laboral: dejo de recibir a los carros en el semáforo y comienzo a caminar un par de calles para seguir con los castigos impuestos por un Dios vengativo y colérico que disfruta con mi hartazgo: me cagan las aglomeraciones.

     Los pantalones apretados y las donitas bimbo espolvoreadas en los ojos hacen acto de presencia. Es día de compartir con la familia y el caminar kilómetro y medio de pues tos y gente, en su mayiría fea, parece ser una de las formas preferidas por los padres; al fin que el tianguis siempre ofrece lo necesario: voy por un lado escuchando: "a diés (sic), la bolza (sic) con quince nopales, a diés (sic)" y por el otro "pásele pásele: hay de pastor, de longaniza, de bisteck, de alambre, pásele". No falta el "puedes preguntar; sin compromiso, lo que te agrade, te doy precio".

      Entonces es necesario descansar, hacer acopio de fuerzas para seguir hacia el destino y dejarse seducir por el "pásele, joven, son de a diez" para pedir dos de pastor, con pila y papas --¿Se le ofrece algo de tomar-- y un "no gracias", de respuesta.

     Mientras llegan los sagrados alimentos, no sólo a la mesa sino al estómago, me dedico a ver las pequeñas hordas de gente y, por primera vez, uno agradece al calor por los shorts, y las faldas que siempre se ven bien desde lejos. Después agradezco a mi astigmatismo el poder ver esos leggins grises que seguirán pareciendo sabr... mentira; agradezco más a mi miopía que me hace creer haber visto pasar el cuarto amor de mi vida (de esta tarde) por la calle de enfrente, sólo para mostrarse y perderse.

     Un "pásele" remarcado con un falso acento norteño me regresa al puesto de comida, y  "no, gracias, sólo la cuenta", es el preámbulo para ver el reloj: cuatro y media, y me puro a contar mis monedas de a peso, para irme pronto, antes de que me cierren el lugar al que vine.

     Aquí todo se trata de reflejos o paciencia. Yo no tengo la segunda, o al menos no ahorita, me urge llegar al mercado para alcanzar al de las vísceras y comprar el kilo y medio de bofe con el que alimento al gato durante la semana. Cuidado con la gorda, aguas con el lisiado, cuiado con la... (aún no logro identificar si era otra gorda más o una embarazada). Esquiva coatlicues, totonacas y chaneques, pasa los tines de a cinco pesos el par, y al dond e los cocos con su iguana; te fumas el humo del chorizo en los anafres, y sumes la panza para cruzar los puestos que tapan la entrada al mercados.

      Hay muy poca gente y a lo lejos no se ve que haya alguien en las vísceras. Una mierda de suerte si hay que tener que comprarle al gato kilo y medio de croquetas, porque qué weva regresar al día siguiente y alcanzar la vendimia antes del cierre. Sin embargo hay alguien. La sensación de alivio cae directo en el bolsillo de mi nalga derecha. Primero me dice que no hay bofe (la mierda, pienso) y después e cuanta su día completo para decir que siempre sí, que me puede dar el que guardaba pues irá mañana al rastro temprano por más. Lo ignoro con la sutileza de los monosílabos y las interjecciones, y reafirmo mis gestos con una sonrisa. Le pago los quince pesos y me largo. El bofe está congelado y podrá aguantarme la segunda jornada de trabajo; por un momento pienso en lo aburrido y feo que deberá ser para el gato comer todos los días lo mismo, y lo compadezco, pero estoy jodido como para cambiarle la dieta entre delicias gatunas, y sobrecitos de atún gourmet sabor a alimento para gato.

     Falta una última cosa. Además de sortear de nuevo prietos, de nariz aguileña, ojos hundidos y panza salida, y los humos de vuelta, y hasta la iguana, y al quinto amor de mi vida (que creí no volvería a ver). Falta mi medio kilo de queso Oaxaca, para tener algo qué cenar en las noches. Pago, guardo, sorteo, salgo del tianguis. Pienso en que quizá vaya por tacos, pues estoy hasta la madre de cenar quesadillas. Abro mi mochila para sacar mi pelota, cuelgo el morral en un árbol, y comienzo a recibir nuevamente los carros en el semáforo. Sigo trabajando mientras veo a las mismas personas de cada semana, ir con sus hijos en dirección al tianguis que acabo de dejar atrás.


domingo, 19 de abril de 2015

Nunca hay saldo blanco en una fiesta

Hoy mi amiga me invitó a una fiesta. Realmente no habría ido si no fuera porque le prometí a mi tía que empezaría a hacer nuevas cosas. No podía perder mucho más que mi día laboral en el crucero, y ése ya había decidido perderlo desde que mi amiga me buscó para hablar de sus conflictos. Pero como había decidido a perderlo, pensé en que tendría que ser de una manera propositiva, e ir a esa fiesta sonaba bien.

    Después de encontrar el sitio ubicado entre tantas vueltas, nos percatamos de que era demasiado temprano, y partimos a una tienda que me hacía ojitos en las botellas ámbar de vidrio con contenido etílico de 4%  de alcohol de 1.2 lts. . Pero pensé en guardar mi hígado: mi amiga me había sentenciado que habría bebidas gratis y comida, tuvo razón en la primera, y media en la segunda: eran pequeños emparedados, a la mitad de un canapé y una torta, de atún con mayonesa (odio la mayonesa).

    Llegamos tan temprano que ayudamos a poner sillas plegables y comimos frituras de harina con chile y limón, en sus dos variedades, aritos con cruz en medio y rectángulos. En el fondo del enorme patio había una consola y dos laptops destinadas al DJ. Decidí ignorarlas y perder mi tiempo en ver si llegaba alguna morra guapa. Así dio la noche. Ahí vinieron unas, de ésas que tienen la idea de "entre más carne más buena". No supe si odiar mis gustos malinchistas y estereotípicos o  bendecirlos. Pese al efecto del "pues ya qué", pensando en que, entre tanta fea, alguna de ésas, a las dos horas, ya no estaba tan fea. Logré conservarme en el aburrimiento y la soltería.

     Pasó algo interesante: el efecto ritual que tiene la música en el ser humano. Los ritmos que apelan a un aparte inconsciente del organismo y hace que los músculos quieran moverse al compás de las notas. Al principio no bailé. Había una enumeración de charangas, y malas canciones de salsa, en mezcla absurda con electro y reggaetón. Sabía que el problema era yo, sabía que el problema siempre habría sido que no me gustaran las gorditas que se creen sexis con el salvavidas a media blusa entallada, ni las morenitas  de mirada coqueta (o las que se morían por mostrar que eran de ambos grupos). Incluso la festejada, que se había maquillado para ocultar el "no sé qué que qué sé yo" que no me gustaba, nunca terminó de hacerme gracia en la hormona. En cambio, sin tendencias homosexuales, me cayó mejor su novio, aquél ser anónimo hasta la fecha, que me invitó del Torres y el Flor de Caña, para hacer la noche más agradabl;, al que le seguí el juego, por el afán de barman reprimido, para servir los tragos, que me da de vez en cuando, cuando recuerdo mis vidas pasadas.

    Debo admitirlo: extrañé llevar la pluma conmigo y el cuaderno de notas. Extrañé quedarme en casa como suelo hacer cada sábado por la noche. Y extrañé mi malinchismo cuando, entre tanto desmadre, pensé que una u otra morra se veía simpática (quizá debido a que las dos más bonitas, quizá las únicas, eran pareja).

      Pero pasó algo interesante: entendí que a la gente le gusta perderse en el anonimato, ser parte de un todo que vocifera y washawashea las canciones que no se han aprendido del todo (yo lo fui). Entendí que hay momentos en los que uno se olvida de que es uno para dejarse llevar por los ritmos de la música. Yo mismo terminé bailando, y descubrí que me sabía más canciones de las que creí que me sabía entre tanta maraña de neuronas.

     Bailé y bebí como no lo había hecho desde que trabajaba en el bar gay del Centro. Bailé y me sentí raro de disfrutar aquel sofoco. Me perdí a mí mismo entre aquella alegría que dar ser parte de una masa. Era una experiencia liberadora el dejar de ser yo individuo.

     Mi tío me dijo, una vez, que entraba a fiestas de desconocidos; no lo entendí hasta ahora. Y es que, la forma de ser de estos individuos (no sé si decir mexicanos, porque no conozco cómo sean las fiestas en otros países), de aceptar a un desconocido, es reconfortante. Una vez que alguien te dice "wey" estás del otro lado, brindan contigo, y compadrean. Eres parte de un todo, una micro sociedad que se crea en comunión de un evento único y repetible. Pertenecer a algo siempre da cierto sentido de confianza. Bebí de gorra y me sentí aceptado. Era parte de algo. Era parte del momento, Una fiesta siempre tiene un sentido ritual, aunque no encuentres a la morra que te mueva las hormonas, ni al nuevo amigo de por vida: durante esos momentos lo único que fui, fue ser algo diferente a mí mismo, fui nada (y eso resultó tan liberador). Yo sólo era parte de una manada. Bailé, bebí y comí de la mesa de desconocidos. Las luces hicieron lo suyo, y la multitud me acogió. No me quedó más que divertirme entre las feas que lo saben y las que hace como que no es cierta su fealdad, entre el bailador que se peinas cejas lamiendo sus dedos medios, entre el borracho buena onda que te invita de su botella. Viví la noche del otro lado de la casa a la que siempre escucho cuando voy a comparar una cerveza en plena madrugada, para beberla a solas en mi cuarto.

     México es surrealista. De la nada puedes formar parte de un todo donde la pluralidad se funde. Del todo puedes formar parte de una parte. Y en ese momento todos gritan su anonimato a las letras de una canción conocida, se olvidan en esa voz, de su individualidad, y se vuelven títeres de los ritmos. Se liberan de lo que hicieron, de lo que pensaron. Sólo giran en torno, por breves instantes, del festejado; el festejado es el rostro de la masa, y por la que todo empezó a girar; aquella persona, que no es bonita, pero que se ve diferente; y de aquella persona que es su pareja, de aquella persona a la que quieren; se olvidan de si hablan, y bailan, y tienen escenas de celos, y entonces te das cuenta que no dejan de existir como individuos (aunque lo que en verdad deseen, sea su inexistencia), y que siguen teniendo sus particularidades; la masa a final de cuentas terminaba siendo ilusión

      La festejada nunca olvidó su festejo, el novio nunca olvidó que la festejada era su novia. Y, en medio de eso, un ataque de celos. Vino el contraste: nadie notó que estaban peleados, la masa siguió en el baile, pero dentro de todo, ellos, en el amor, se estaban dando en la madre. La dicha de vivir un año más, se llevó al punto de ya no estar otro año. Quizá se encontenten, quizá se manden a la mierda; yo no me enteraré (ni me interesa enterarme). Para mí sólo sigue siendo un buen pretexto de beber gratis...

     Ella lo ve entre las luces, él baila haciendo como que no se da cuenta; me pide un trago; la intenta sacar a bailar para reconciliarse. Ella lo ignora, se va. Todos los demás bailan, pasan los minutos y las canciones y todos los demás siguen bailando. Nadie se da cuenta. Era su cumpleaños. ¿Alguien lo recuerda?

Marco Juárez