jueves, 18 de junio de 2015

Crónica de San Gerardo (parte dos)

Por Silvio Reyes Heras

En las minas, todos buscan coronar, cuadrar ¿Cómo? El método es lo de menos, montarse es el objetivo.

En la mañana todo parece volverse rutinario. Las 6 de la mañana, chuchaquis, bajan suben, llegan al comedor del las sociedades y compañías, comen, ríen, comentan los percances de la noche, se jactan de lo mucho que bebieron, de los triques que se pegaron y de las mujeres que tuvieron a punto de tirarse. De la puta que sí se la tiraron. Se agrupan alrededor del administrador. Enfilan hacia el interior del frontón. Donde la noche es eterna.

La rutina continúa para quien no ha sufrido un accidente (en la noche) no le han matado, no ha matado, no le han robado, no ha robado… a los que sí, el día  ha dado un giro… pero en un pueblo  minero eso sucede a diario, en el período de una semana, en una sola compañía o sociedad, hay entre cinco o diez accidentes: dedos arrancados, revolcados, espaldas golpeadas (hace dos días atrás, en la sociedad en la que yo trabajo, a un chico se le voló el dedo índice). Pero está el otro lado: apuñalados, disparados, y disparados, y disparados…

En un pueblo pequeño, la muerte es novedad… las noticias viajan de ventana en ventana y se van de largo, dejando mil rastros a su paso… al cabo de media hora, el chisme mató al herido… y el tipo que conversaba con la esposa del tal, ya se la folló.

Se podría decir que todos los pueblos mineros son la misma cosa, que la diferencia en sí misma, depende del observador.

Las primeras minas que conocí fueron Bella Rica. Tenía entre trece y catorce años. Entonces era un joven dios de la delincuencia juvenil. Para ello estaba allí, para hacer judía o vender polvo o simplemente joder en los chongos, barras y discotecas. Mis compañeros eran fieras. Sin embargo, recuerdo ese pueblo oscuro, de una manera casi encantadora, alucinante… un pueblo alocado, en medio de una furia de luces y ruido: de motores, disparos, música. Claro que, ese recuerdo, sin duda alguna, está corrompido, contaminado, por la nostalgia del individuo de 28 años, que desprecia su actual vida y añora sus años de calles. Por decirlo de una forma, estúpida: Noches de luciérnagas amarillas, despanzurradas a tiros.

Por alguna razón, me es más sencillo situarme en mi infancia y años juveniles, que el yo de ahora. Algunas veces, me da por llorar o reír cuando me recuerdo. Recién siento lo que entonces sucedió. Las fiebres de ahora me hacen sentir la fatiga de la vez que tuve fiebre por no sé cuantos días y que una vez que desperté, después de no sé cuantos días de haber dormido, estaba sano, pero despertar de la enfermedad a la soledad, es casi como haberse muerto, el día en que se muere, es la soledad que se debe de sentir… vuelvo a reír las veces que salté de alegría.

En esos años, no veía el mundo desde afuera, lo veía desde adentro; si me veía, no era en mi actuación espontánea, sino en mi sentir del momento. No quería encontrar ni ver nada en el individuo, yo era absolutamente parte de ellos, no tenía ninguna añoranza, ni arrastraba un pasado ni me proyectaba hacia el futuro. Ahora es diferente, yo miro al mundo, yo capturo al mundo. Estoy contaminado con la literatura, con la música. Ahora, con apenas un gesto del individuo, quiero crear un universo literario.

Pero hay momentos que las dos situaciones se funden, se mezclan; me siento sacudido, colocado en el centro del tiempo. Sin embargo, tengo que seguir el ritmo del tiempo… antes no, cuando despertaba a las diez u once de la mañana, no sabía si era sábado o lunes, si junio u agosto, si treinta o diez, y no me importaba, yo era parte de ello, ahora me zambullo, me asfixio. 

En este pueblo las casas son de concreto, madera o mixtas. Techos de hojalata todos. Algunas casas estas arropadas con plásticos negros alrededor, para defenderse de la lluvia transversal en épocas de invierno.

Hay tardes encantadoras. Las lejanas y destellantes piscinas camaroneras de la parte baja, hacen contrates con los mil colores rasgados del cielo. En las noches despejadas se puede ver la pululación de la luces de alguna ciudad de la costa. En las mañanas de verano, las crestas de las montañas sobresaliendo a los bloques espesos de nube, con el sol rociando de amarillo y rojo, parecen islas suspendidas o atrapadas en un filme de tercera dimensión.

Hay un subcentro de salud, una estructura educativa (en las mañanas funciona la escuela y en las tardes el colegio y los fines de semana, el colegio a distancia) una iglesia, un CDP con un par de celdas inutilizadas (pues cualquier detenido, debe ser trasladado inmediatamente a la Ponce o si el detenido tiene un grado de peligrosidad, a Cuenca), una peluquería con un peluquero gay. Y como ya lo he dicho, bares, discoteca, chongo y claro, las incontables compañías y sociedades mineras.

En las compañías o sociedades trabajan la mayor parte de hombres, una parte de las mujeres se dedican a janchar. Janchar: es el acto en que las mujeres recolectan el cuarzo que deja escapar el claceador en la orilla del botadero, las demás mujeres se dedican a la vida doméstica.

Algunos hombres se dedican a sablear. El sablero actúa por la noches, se introduce por un desfonde, es decir por un hoyo en la superficie, ese hoyo conecta al laberinto de túneles que hay en el subsuelo… obviamente, ellos saben, conocen cada desfonde y cada túnel que dirige a cierta mina que ha reventado una buena veta. Ser sablero, también es ser un contorsionista, en la boca de hoyo a simple vista no cabe ni una cabeza, pero ellos se escurren y evaden o atan a los guardias que vigilan el interior. Van armados de combos y cuñas. Pican la veta, un bulto lo llaman, lo que es un medio saco y regresan, corren a las chanchas y luego apurados corren a los bares y se engluten de cerveza.   



jueves, 11 de junio de 2015

Crónica de San Gerardo (parte uno)

Por Silvio Reyes Heras

Pudiendo estar en cualquier parte estoy aquí, en la cocina de mi cuñada, envuelto en una cobija para protegerme del frio, con poca luz.

Llevaba desempleado seis meses; mi hermano me dijo que viniera a trabajar acá (en las minas de San Gerardo) hasta que me saliera algo en Machala.

No era la primera vez que llegaba a un pueblo minero.

Conocía su sordidez.

Para medir el marco de peligrosidad, a un barrio le marcan de amarillo, naranja, rojo… un pueblo minero es más rojo que el mismo rojo. Sangre pura hirviendo en el caldero.

Pueblos infestados de vicios, de chismes, de muerte por accidentes y ajustes de cuenta. Ninguna de las dos muertes están exentas de violencia y horror.

Hombres, niños, niñas y todo ser, viven y actúan locos como un torpedo sin objetivo.

A partir del miércoles, apenas caída la tarde, los salones se iluminan lúgubremente con los focos azules, rojos y verdes. La música revienta los parlantes. En su mayoría bachata, reggaetón y vallenatos. Las chicas se preparan: se retocan las vestimentas, los peinados. Muchachas en su mayoría panzonas y feas. Por eso, el bar que más se llene esta noche, es el bar que ha traído alguna mucha de buena pinta.

Por la calles se ve a los hombres sombríos, cabizbajos, con las manos en los bolsillos, con todo el talante de zombis. Ver a esos tipos tristones y sombríos atravesando las calles, (con las luces distanciadas una de otra) a uno le da rabia; fastidia tanta pasividad y olvido. Se les excusa, y eso es cierto, van cansados del día de trabajo, recién se han duchado (algunos en los baños de sus respectivas compañías y otros en sus casas, algunos a baldazos en el alar y otros en duchas mugrientas… cuartuchos miserables que si levantas los codos, te golpeas). Se detienen en la cancha donde juegan voleyball (boli, le dicen acá), miran, quitan su amargura apostando.

Se han comprado cigarrillos, fuman, otros están con los brazos cruzados sobre el pecho.

Piensan, sueñan, ensueñan… se matan, se mueren…

Los jugadores sudan. El sudor es dudoso ¿sudaran de rabia o del movimiento físico? Se insultan, se gritan. El espectador forastero cree que pronto se pelearán y se prepara, si es ojoseco, para ver de buen ángulo la pelea y si es avispado, para alejarse del embrollo lo más rápido y lejos posible de la hecatombe.

En la cancha, a la madre de los jugadores, le han mentado, tirado, jalado, revolcado por todas las calles del pueblo...

Nadie pelea. No pasa de los insultos.

Con la noche todo termina alrededor de la cancha. Pero en los salones recién empieza la sandunga. Algunos ya han comenzado a calentar, a embrutecerse (entre más calibrados, más alegres se ponen) allí mismo, mientras gustaban del partido.

Discuten las apuestas.

Han descruzado los brazos y ahora caminan alegres… las minas convierte al hombre en noche.

En los bares, el hombre amargado de hace un rato, sonríe con verdadera felicidad. Algunos mueven el esqueleto. Charlan a gritos.

Los vasos se llenan, la panza se infla, las botellas se vacían, en las mesas (o el suelo si el bar está a reventar) se agrupan los envases, la vejiga se libra del líquido, escupitajos… las chicas no se dan abasto; las toman, las detienen, las llaman; algunos se ponen bravos porque la chica no quiere sentarse con ellos. Ostentan, galantean con el dinero: pagan con billetes de 20 o 50 dólares.

La pailada de hoy ha estado rebuena. Pailada: una cantidad de cuarzo, que se extrae de contrabando desde el interior de la mina. Al acto de sacar el cuarzo, envuelto en periódicos y asegurada con cinta aislante (piedras escogidas, chispeadas: donde se ve las chispas de oro o pequeños hilillos), lo llaman, panzacear. Saber panzacear es todo un arte. Un inexperto, no podría hacerlo ni con una pequeña piedra del tamaño de una tajada de limón, pero un experto como ellos, pueden ocultar una cantidad de tres libras, en medio de las piernas y caminar con total tranquilidad. La pailada es llevada a las chanchas (una especie de cilindros que giran. En su interior hay barras de metal solido que vuelven polvo – literalmente – el cuarzo. El oro es recogido con el mercurio, luego quemado y finalmente vendido).

Entre ellos, se miran con la violencia ambigua que les caracteriza. Risas sórdidas.

Los adictos al polvo miran al brujo, se acercan, apretón de manos y una sonrisa. Salen del salón y buscan la oscuridad, destripan el cigarrillo y fuman el bazuco.

En algún momento, la noche se acaba, putean a la madre, al padre y al hijo.

Dura más el día laborable que la noche de joda. Eso les arrecha, les infla y les caga la madre.

De uno en uno se van. Algunos planean irse a algún cuartucho a seguir la joda. Las chicas respiran, permanecen más tiempo sentadas en las mesas, coquetean, analizan su posible cliente, su pato… en toda la noche ya han hurtado… pero quieren coronar, para eso han venido a las minas, a regresar montadas. Hay que desangrar… la miseria del oro.
No todas las chicas son avionas o el diablo termina por dormírseles. Hay quién no está tan borracho como suponen y se pone violento sino le dan su cambio a tiempo, le manda a la verga a la chica “no soy ningún caído de la burra, tonta caradelaverga” o el hombre no está del todo dormido como creen ellas, para no sentir deslizarse imperceptible, la mano dentro del bolsillo y le revienta la cara del chirlazo… pequeños encontrones. Ella pierde. Ella solita. No está allí para robar sino para atender, eso le grita el dueño de la barra. Y no tan conforme de gritarla, le deja sin pago la noche ¿Por qué? Que no fuera idiota, ella ha sido la causante del casi alboroto. Idiota… ella protesta, pero es que no sabe, que aquí un alboroto termina, mínimo con tres heridos.

Pero no hay de qué sentir pena o lastima, aquí, cada quién es un pieza en la máquina que funciona de mala gana. Cada quién hace su trabajo lo mejor que pueden y saben.

En las madrugadas, las calles pétreas quedan vacías, en total silencio, apenas y al final de calle se ve perderse la carreta, con el foquito bamboleante, de la señora que vende chuzos, en las tardes en la cancha y en las noches fuera del bar que más gente reúne.

Yo muchas veces suelo salir a caminar a la madrugada. En la ciudad hacía lo mismo, me internaba en los callejones, en lo nichos, en los lugares donde la noche no tiene fin para ciertos individuos.

A esas horas de la madrugada, uno camina como en una extraña tierra de fantasmas o pueblo exterminado de la noche a la mañana. Claro, no todos pueden sentir la soledad o el desvarío que invade la sangre al caminar a esa hora, en ese frío.

De vez en cuando una moto revienta en la madrugada, esos son otro tiro, esos son hombres noche y de la noche.