domingo, 19 de abril de 2015

Nunca hay saldo blanco en una fiesta

Hoy mi amiga me invitó a una fiesta. Realmente no habría ido si no fuera porque le prometí a mi tía que empezaría a hacer nuevas cosas. No podía perder mucho más que mi día laboral en el crucero, y ése ya había decidido perderlo desde que mi amiga me buscó para hablar de sus conflictos. Pero como había decidido a perderlo, pensé en que tendría que ser de una manera propositiva, e ir a esa fiesta sonaba bien.

    Después de encontrar el sitio ubicado entre tantas vueltas, nos percatamos de que era demasiado temprano, y partimos a una tienda que me hacía ojitos en las botellas ámbar de vidrio con contenido etílico de 4%  de alcohol de 1.2 lts. . Pero pensé en guardar mi hígado: mi amiga me había sentenciado que habría bebidas gratis y comida, tuvo razón en la primera, y media en la segunda: eran pequeños emparedados, a la mitad de un canapé y una torta, de atún con mayonesa (odio la mayonesa).

    Llegamos tan temprano que ayudamos a poner sillas plegables y comimos frituras de harina con chile y limón, en sus dos variedades, aritos con cruz en medio y rectángulos. En el fondo del enorme patio había una consola y dos laptops destinadas al DJ. Decidí ignorarlas y perder mi tiempo en ver si llegaba alguna morra guapa. Así dio la noche. Ahí vinieron unas, de ésas que tienen la idea de "entre más carne más buena". No supe si odiar mis gustos malinchistas y estereotípicos o  bendecirlos. Pese al efecto del "pues ya qué", pensando en que, entre tanta fea, alguna de ésas, a las dos horas, ya no estaba tan fea. Logré conservarme en el aburrimiento y la soltería.

     Pasó algo interesante: el efecto ritual que tiene la música en el ser humano. Los ritmos que apelan a un aparte inconsciente del organismo y hace que los músculos quieran moverse al compás de las notas. Al principio no bailé. Había una enumeración de charangas, y malas canciones de salsa, en mezcla absurda con electro y reggaetón. Sabía que el problema era yo, sabía que el problema siempre habría sido que no me gustaran las gorditas que se creen sexis con el salvavidas a media blusa entallada, ni las morenitas  de mirada coqueta (o las que se morían por mostrar que eran de ambos grupos). Incluso la festejada, que se había maquillado para ocultar el "no sé qué que qué sé yo" que no me gustaba, nunca terminó de hacerme gracia en la hormona. En cambio, sin tendencias homosexuales, me cayó mejor su novio, aquél ser anónimo hasta la fecha, que me invitó del Torres y el Flor de Caña, para hacer la noche más agradabl;, al que le seguí el juego, por el afán de barman reprimido, para servir los tragos, que me da de vez en cuando, cuando recuerdo mis vidas pasadas.

    Debo admitirlo: extrañé llevar la pluma conmigo y el cuaderno de notas. Extrañé quedarme en casa como suelo hacer cada sábado por la noche. Y extrañé mi malinchismo cuando, entre tanto desmadre, pensé que una u otra morra se veía simpática (quizá debido a que las dos más bonitas, quizá las únicas, eran pareja).

      Pero pasó algo interesante: entendí que a la gente le gusta perderse en el anonimato, ser parte de un todo que vocifera y washawashea las canciones que no se han aprendido del todo (yo lo fui). Entendí que hay momentos en los que uno se olvida de que es uno para dejarse llevar por los ritmos de la música. Yo mismo terminé bailando, y descubrí que me sabía más canciones de las que creí que me sabía entre tanta maraña de neuronas.

     Bailé y bebí como no lo había hecho desde que trabajaba en el bar gay del Centro. Bailé y me sentí raro de disfrutar aquel sofoco. Me perdí a mí mismo entre aquella alegría que dar ser parte de una masa. Era una experiencia liberadora el dejar de ser yo individuo.

     Mi tío me dijo, una vez, que entraba a fiestas de desconocidos; no lo entendí hasta ahora. Y es que, la forma de ser de estos individuos (no sé si decir mexicanos, porque no conozco cómo sean las fiestas en otros países), de aceptar a un desconocido, es reconfortante. Una vez que alguien te dice "wey" estás del otro lado, brindan contigo, y compadrean. Eres parte de un todo, una micro sociedad que se crea en comunión de un evento único y repetible. Pertenecer a algo siempre da cierto sentido de confianza. Bebí de gorra y me sentí aceptado. Era parte de algo. Era parte del momento, Una fiesta siempre tiene un sentido ritual, aunque no encuentres a la morra que te mueva las hormonas, ni al nuevo amigo de por vida: durante esos momentos lo único que fui, fue ser algo diferente a mí mismo, fui nada (y eso resultó tan liberador). Yo sólo era parte de una manada. Bailé, bebí y comí de la mesa de desconocidos. Las luces hicieron lo suyo, y la multitud me acogió. No me quedó más que divertirme entre las feas que lo saben y las que hace como que no es cierta su fealdad, entre el bailador que se peinas cejas lamiendo sus dedos medios, entre el borracho buena onda que te invita de su botella. Viví la noche del otro lado de la casa a la que siempre escucho cuando voy a comparar una cerveza en plena madrugada, para beberla a solas en mi cuarto.

     México es surrealista. De la nada puedes formar parte de un todo donde la pluralidad se funde. Del todo puedes formar parte de una parte. Y en ese momento todos gritan su anonimato a las letras de una canción conocida, se olvidan en esa voz, de su individualidad, y se vuelven títeres de los ritmos. Se liberan de lo que hicieron, de lo que pensaron. Sólo giran en torno, por breves instantes, del festejado; el festejado es el rostro de la masa, y por la que todo empezó a girar; aquella persona, que no es bonita, pero que se ve diferente; y de aquella persona que es su pareja, de aquella persona a la que quieren; se olvidan de si hablan, y bailan, y tienen escenas de celos, y entonces te das cuenta que no dejan de existir como individuos (aunque lo que en verdad deseen, sea su inexistencia), y que siguen teniendo sus particularidades; la masa a final de cuentas terminaba siendo ilusión

      La festejada nunca olvidó su festejo, el novio nunca olvidó que la festejada era su novia. Y, en medio de eso, un ataque de celos. Vino el contraste: nadie notó que estaban peleados, la masa siguió en el baile, pero dentro de todo, ellos, en el amor, se estaban dando en la madre. La dicha de vivir un año más, se llevó al punto de ya no estar otro año. Quizá se encontenten, quizá se manden a la mierda; yo no me enteraré (ni me interesa enterarme). Para mí sólo sigue siendo un buen pretexto de beber gratis...

     Ella lo ve entre las luces, él baila haciendo como que no se da cuenta; me pide un trago; la intenta sacar a bailar para reconciliarse. Ella lo ignora, se va. Todos los demás bailan, pasan los minutos y las canciones y todos los demás siguen bailando. Nadie se da cuenta. Era su cumpleaños. ¿Alguien lo recuerda?

Marco Juárez

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